¡Mira papá, gente!

Fuente: Paleorama.

Fuente: Paleorama.

“¡Mira papá, bueyes!” es lo que dijo la pequeña María, la hija de ocho años del ilustre Marcelino Sanz de Sautuola, cuando (re)descubrió –peligrosa palabra “descubrir” (véase América)– el arte rupestre de la cueva de Altamira en 1879. La expresión ha pasado a la historia. Sobre todo porque nos hace gracia que la joven definiera lo que luego sería descrito como la “Capilla Sixtina” del arte rupestre de esa forma tan simple. En cualquier caso, para más información, hay una extensísima bibliografía sobre el tema. Aunque, en mi caso, prefiero esperar a que salga la peli.

No sabemos lo que los arqueólogos dijeron recientemente al descubrir –dichosa palabra, otra vez– una de las mayores concentraciones de grafitis de la Primera Guerra Mundial de Europa. En las cuevas de la localidad francesa de Naours, a pocos kilómetros de la primera línea del frente, los soldados venidos de países como Canadá, Estados Unidos, Australia o Inglaterra dejaron casi 2.000 inscripciones. Parece ser que, tras cruzar medio mundo, antes de ir a primera línea, los miembros de diversas fuerzas armadas hacían escala en la cercana Vignacourt y una vez allí aprovechaban para visitar las cuevas. Tal y como se recoge en el diario de un soldado australiano, los soldados parecían conocer bien la existencia de estas cuevas y debía ser algo así como una costumbre el dejar su rúbrica allí antes de partir al frente.

El fotógrafo Jeff Gusky ha ido registrando las inscripciones. Y debo reconocer, que al ver las imágenes de las paredes llenas de grafitis, no he podido evitar acordarme de esas otras manifestaciones colectivas que invaden el espacio público. Estoy pensando en las parejas que atan candados en puentes como símbolo de su amor o en las paredes llenas de chicles de algunas ciudades. Manifestaciones colectivas sí y también anónimas por definición. Detrás de cada candado o de cada chicle habrá una historia, pero la desconocemos por completo, porque el anonimato es lo que define a estos lugares. Es más, el valor de estas manifestaciones es su carácter colectivo. Como si de un muro se tratase, cada individuo coloca su ladrillo y finalmente nos quedamos con la perspectiva general de la obra como “masa”. Pero, el caso de las cuevas de Naours, en realidad, es exactamente lo opuesto.

Fuente: sparkfireinc

Fuente: sparkfireinc

Aquí lo que tenemos es una reivindicación de la individualidad, pero siguiendo un proceso colectivo. Imagino a miles de reclutas, con el mismo uniforme, con el mismo destino, la misma guerra, etc. No me extraña que antes de iniciar su “fusión con el entorno” quisieran dejar su firma personal. Poco después pasarían a formar parte de la estadística: cantidad de soldados movilizados, cantidad de heridos y, finalmente, cantidad de muertos. Las cifras serían su identidad de ahí en adelante y por eso, siguiendo las palabras del fotógrafo Gusky: “Todos estos muchachos deseaban ser recordados”. Pero al mismo tiempo, lo que consiguieron con sus grafitis fue una “fusión con el entorno” y así crearon un contexto único, un testimonio que puede decirnos mucho de una guerra, al menos tanto como las estadísticas. También aquí encontramos una de las bases del concepto “moda”: seguir una corriente, pero intentado imprimirle un carácter personal a esa adscripción.

Fuente: Paleorama.

Fuente: Paleorama.

Este bien común es aquél que aporta las claves de muchos de nuestros comportamientos en el día a día. No sólo hablamos del miedo al olvido, sino también de identidades reprimidas y alienación. ¿Es esto mismo lo que encontramos en las pintadas de nuestras ciudades? Jóvenes que están cerca de ir al frente –trincheras de paro y empleo precario, el toque de corneta del despertador, los bayonetazos a fin de mes, etc.– y que quieren dejar una marca de esa individualidad “aún libre”, por ejemplo, firmando con una caligrafía casi ilegible excepto para ellos mismos. ¿He dicho “aún libre”? Esa es la duda que me queda tras leer la inscripción de Herbert John Leach, un soldado australiano de 25 años, que escribió: “HJ Leach. Simplemente un soldado. 13/7/16. SA Australia”. Un mes después murió en la Batalla de Pozieres y fue enterrado en el cementerio de Flers. Allí, en su tumba, su padre escribió: “Deber noblemente cumplido”. Parece que Leach y su padre eran plenamente conscientes de lo que se esperaba de ellos. Este nivel de deshumanización puede asustar, pero por suerte, si alguna niña entrara en las cuevas de Naours, seguramente podría decir “¡Mira papá, gente!” y eso significaría que tantas marcas no fueron hechas en vano.

Soyuz Gorri

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2 comentarios en “¡Mira papá, gente!

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