Yo me c*** en el Estado Islámico

Dado que el jueves tenemos la primera reunión de debate del Grupo de Arqueología Social y queríamos tratar el tema del (ab)uso de la Historia por parte de ese grupo de equilibrados mentales que son el Estado Islámico, quería engrasar las juntas y calentar un poco los motores para que la máquina vaya como la seda. Nada, solo un par de dardos al calor de la preparación de la reunión.

Por el título os habréis dado cuenta de que voy a ser ecuánime y neutral en mis juicios, calmado como Loulogio comentando la obra de Dalí. Evidentemente, se trata de una opinión personal, construida con los datos y análisis de los que dispongo por el momento y que, evidentemente bis, cualquier persona podrá contrastar y refutar el próximo jueves, comentando aquí o mandando una paloma mensajera, compadre.

Empecemos por hacer una semblanza de lo que es el Estado Islámico, que es tan complicado como debió de ser en los 70 explicar qué era la guerra de Vietnam, si bien Mafalda lo intentó con poco éxito. El Estado Islámico de Irak y el Levante (anteriormente conocido como Dawlat al-‘Iraq al-Islamiyya o “Estado Islámico de Irak”, anteriormente conocido como Tanzim Qa’idat al-Yihad fi Bilad al-Rafidayn u “Organización de la Base de la Yihad en el País de los Dos Ríos” y anteriormente conocido como Ŷamaʕat al-Tawhīd wal-Ŷihād o “Comunidad del Monoteísmo y la Yihad” o “El tipo de los nombres cortos estaba de Radamán”) es tanto un Estado recientemente constituido como un grupo terrorista (esta palabra, que ya sirve para todo o para nada, ha perdido ya toda su utilidad, pero si esta gente no son terroristas, yo ya no sé quién o qué puede ser terrorista) que surgió como parte de la unión de grupos salafistas bajo el mando de Abu Musab al Zarqaui para resistir y expulsar a los usamericanos de Irak.

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Territorio controlado por el Estado Islámico. Fuente: wikipedia.

Al Zarqaui fue todo un personaje. Nacido en Jordania en 1966 y encarcelado por posesión de drogas y agresión sexual en los 80, después se pensó lo de las drogas y se convirtió al salafismo, pasando a Afganistán a unirse a la Guerra que había contra los soviéticos junto con el archiconocido y archimalvado Osama bin Laden, conocido por luchar contra Cartman, el de South Park. Tras la guerra de Afganistán su vida ya es bastante misteriosa, aunque algún vídeo de esos en los que decapitan gente y su propia muerte en mayo de 2005 le sitúan en Irak, donde montó lo que luego sería el Estado Islámico. Este grupo es, por tanto, uno de los hijos bastardos de aquellos gobiernos que entrenaron a las tropas yihadistas para luchar contra los soviéticos en Afganistán, que no fue sino un escalón más en dos grandes procesos que se daban cita en Oriente Próximo y Medio: la Guerra Fría y la creación de una hegemonía política de Arabia Saudí y de Israel en la zona. Sería muy largo y tedioso explicar esto en un solo post, así que os recomiendo leer a Robert Fisk, que tiene un pequeño libro de 1500 páginas llamado “La Gran Guerra por la civilización” en el que explica todo esto de forma bastante minuciosa (¡cómo pa no! Vaya tocho de libro).

El Estado Islámico, que hasta hace relativamente poco era tan conocido como lo era la fórmula 1 antes de Fernando Alonso, se hizo mundialmente famoso a partir del 2010, cuando, aprovechando que se estaba liando pardísima en Siria extendió sus territorios de Irak hacia Siria, declarándose en abril de 2013 definitivamente como un Estado intitulado Estado islámico de Irak y el Levante (ISIL en sus siglas en inglés). Un año más tarde, en junio de 2014, el EI declaró el objetivo de crear un califato que se extendiera por todo el mundo musulmán, creando un gobierno bajo una misma bandera y regulada por la Sharia, un compendio legislativo progresista amazing que te cagas energy. A partir de este momento, y gracias también a una fuerte presencia en las redes sociales (y gracias también a mucho sujeto que se lo debería hacer mirar por algún especialista), comienzan a reclutar un número muy alto de gente y reiniciar sus ataques en Siria, lanzando un ataque sobre Kobane, símbolo de la resistencia gracias a las milicias kurdas, y posteriormente en Kirkuk (Irak). Por si fuéramos pocos, parió la abuela, y los angelitos del grupo de Boko Haram en Nigeria, los que tienen secuestradas a más de 2000 niñas y mujeres y de las que se han conseguido liberar cerca de 250 hace pocos días, ha decidido unirse al Estado Islámico. Todo este proceso regado de los famosos vídeos en los que hacen las delicias de los amantes de las snuff movies, demostrando que, desde luego, este no es el mejor de los mundos posibles.

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Publicada en Europapress.es

Retomemos un palabro que hemos dejado caer antes. Salafista. El salafismo es un movimiento vintage del islamismo surgido como una escisión del wahabismo, nacido en el siglo XVIII de la mano de Ibn-Abdu-I-Wahhab, cachuli para los colegas. En esencia, el salafismo viene a decir que a los estados islámicos se les estaba yendo un poco de las manos el tema del laicismo del Estado y de relajar las costumbres coránicas y que había que volver a los orígenes más puros del Islam. Hay que decir que no todos los salafistas son yihadistas, que a menudo se confunde todo, se junta en la termomix y ya nos parece que una churra es una merina y que dos más dos son cinco. Sin embargo, todos los salafistas coinciden en ser bastante estrictos en cuanto a algunas cosillas de la religión islámica se refiere, y una de ellas es, precisamente, el tema de ser especialmente iconoclastas. Vamos, que no les molan las imágenes de representación de dioses, sean de la religión que sean.

Y esta iconoclastia es la que ha llevado al Estado Islámico a reventar yacimientos arqueológicos a diestro y siniestro. El 12 de abril, un mes después de los hechos, el EI publicó un vídeo en el que se les veía, bastante serios en su labor, muy profesionales, destrozando el yacimiento arqueológico de Nimrud, datado en torno al 1300 a.C. Barbaridades semejantes se han repetido en la ciudad de Hatra, considerada Patrimonio de la Humanidad, la ciudad de Dur Sharrukin, capital de Asiria durante el reinado de Sargón II (722-705 a.C.), o el Museo Histórico de Mosul, donde se destrozaron decenas de figuras de época asiria (siglo VII y VIII a.C.). Uno de ellos declaró que “el profeta nos ordenó deshacernos de las estatuas y las reliquias y sus compañeros hicieron lo mismo cuando conquistaron países en su nombre”… ¿Y si el profeta se tira de un puente, tú también te tiras? Argumento de mi madre, fin de la discusión. Esta arqueomanía, sin embargo, les viene de lejos. Ya en 2001, los talibanes (padres bastardos del EI) se dedicaron a destrozar dos estatuas gigantes de antiguos budas mediante explosivos, técnica que, como sabemos, apenas afecta al registro arqueológico (por cierto, su reconstrucción ha generado bastante polémica, interesante de comentar en otro momento).

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Mezquita de Jonás (Mosul) reventada por el Estado Islámico. Fuente: Reuters

Sin embargo, el tema de la iconoclastia tampoco es excesivamente coherente para el Estado Islámico. Como ha informado la UNESCO en varias ocasiones, el EI obtiene importantes recursos financieros mediante la venta de antigüedades, que venden en sitios infieles como “eBay”. Aquí también cabe defecarse un poco en los compradores de piezas en general, más aún si sabes que provienen de Irak o de Siria. Al parecer, el destino de estos objetos es países como Suiza, Alemania, Reino Unido, Dubai o Qatar. Como ya dije en otro artículo, el problema no es solo la oferta de bien común, sino también la demanda. El peligro es grande, ya que 1800 sitios arqueológicos se encuentran actualmente en el área controlada por el Estado Islámico. ¿Qué pasa, que si es algo que puedes transportar y vender ya no es una ofensa contra tu religión pero si es una estatua que pesa más que tu falta de humanidad entonces sí? Tu moral es muy insatisfactoria, amigo mío.

Venga, que se me está yendo muchísimo de las manos esta entrada. Esta destrucción de imágenes y de patrimonio arqueológico creo que va mucho más allá de la simple expresión de una religión iconoclasta. La imposición de la hegemonía del Estado Islámico pasa también por hacer un ejercicio de damnatio memoriae con respecto al pasado preislámico y sobre otras culturas presentes en un territorio sobre el que se construye esta hegemonía. No estás simplemente destrozando unos budas o estatuas de la cultura asiria, estás deshabilitando un pasado común, una identidad de unas comunidades y de una historia, construyendo un espacio de no-humanidad para aquellas identidades y minorías étnicas y religiosas representadas en esas estatuas. Imponiendo hegemonía, que es algo que los estados totalitarios saben hacer muy bien. Como afirma Pedro Azara en un interesantísimo artículo, profesor de la Politécnica de Cataluña, “[Los monumentos] son signos de identidad de otras comunidades políticas o espirituales contras las que, quienes los destruyen, se oponen y se definen”. Sabias palabras, pardiez.

Concluyo. Niveles de barbarie del calibre de esta gente son difícilmente imaginables. Yo estudio la Edad Media y, he de decir, que siempre me ha parecido que, a pesar de que tachar a alguien de “medieval” o de “feudal” es un signo de barbaridad, son gente mucho más civilizada de lo que pueden ser los engendros humanos con los que tenemos que compartir espacio en este sitio llamado mundo. Ante todo esto, y ante la incapacidad que tengo para menstruarme en ellos como hizo una activista, yo, por mi parte, me cago en el Estado Islámico.

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Fuente: minutodigital.com

Max

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7 comentarios en “Yo me c*** en el Estado Islámico

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