Wumingada del mes. Parte V: cómo sobrevivir a unas fiestas patronales durante una excavación arqueológica: manual de usuario para principiantes

wumingada

La cara que se te queda cuando te levantas para ir a excavar después de una noche de lujuria y desenfreno. Fuente: actualidad.rt.com

¡Regresamos con otra wumingada! Mona de seda nos deleita con una aventura llena de gorros y pasiones intestinales. Ya sabéis, mandadnos vuestras historias arquehólicas y podréis ganar un magnífico libro.

Es bien de todos conocido en este gremio, que las excavaciones arqueológicas son un cúmulo de anécdotas humillantes, depredación (humana y sexual), y alcoholismo en estado puro. Pero yo a mi madre le digo que hacemos ciencia.

En mi corta vida humana he participado en unas cuantas excavaciones que me han permitido ver lo peor y lo mejor del ser humano. He visto cosas que nunca creerías (o querríais) ver, gente dándose a la lujuria y el fornicio. Gente odiándose y queriéndose. Y litros, litros de alcohol. Tú, ingenuo, te levantas por la mañana con unas inmensas ganas de trabajar y lo das todo: paleas el que más, sudas como si te fuese la vida en ello, llevas decenas de carretillas a la terrera, escalándola como si fuera el Himalaya….pero luego, se acaba el día, te das cuenta de que no vas a cobrar y tienes que darte a la bebida. Es así.

Podría contaros un montón de anécdotas arqueológicas de alto contenido sexual, pero estamos en horario infantil y Wu Ming es un férreo dictador que no deja lugar al pecado. Por lo tanto, tendremos que conformarnos con una pequeña anécdota escatológica. Cierto verano en el que tuve que elegir entre buscarme un trabajo en alguna tienda de ropa choni cobrando un suelo indecente o ir a una excavación arqueológica sin cobrar, ofreciendo mi desconocimiento y mi poca sabiduría a cambio de un lecho para dormir y zafarrancho para comer, me decanté por esta última, que a todas luces pintaba mucho mejor. Cogí mi petate y partí atravesando la Península hacía alguno de los escasos yacimientos en los que te dejan trabajar sin pagar nada a cambio. Porqué sí señores, en arqueología SE PAGA POR TRABAJAR.

Llegué allí y lo típico: gente maja con ganas de trabajar y aprender, un suelo de gimnasio estupendo, unas colchonetas que cumplían todos los deseos de mi espalda y unas duchas comunes dignas de cualquier campo de concentración. Pero estas cosas no te quitan el espíritu aventurero porque piensas que peor lo tenía Indiana Jones con los nazis, así que te enfundas el pijama y te dispones a irte pronto a dormir para rendir lo máximo posible al día siguiente cuando alguien grita: ¡SON LAS FIESTAS DEL PUEBLO! Sí amigos, estéis donde estéis, ya sea un pueblo perdido en mitad de la Mancha como si estáis en medio del desierto de los Monegros, siempre hay un bar donde beber o unas fiestas patronales a las que asistir. Y tienes que asistir. Por tu dignidad. Porque si no al día siguiente en la excavación serás señalado con un dedo acusador como “ese/esa el/la que no salió”. Yo que no soy de mucho salir (risas malvadas de hiena), en cierta ocasión después de una semana de muerte y destrucción en una excavación, me fui a la cama antes de las 00.00 y un comité entero vino a mi cuarto a sacarme de la cama (por sí me había pasado algo malo).

Pero volvemos a aquella excavación, a aquel pueblo, a aquellas fiestas….el alcohol no tardó en empezar a correr, la orquesta comenzó a tocar, los grandes éxitos de la Pantoja resonaban por todo el lugar…una cerveza, otra cerveza…chupito, gin-tonic….

Por fin llego la hora de dormir, y nuestros cuerpos se arrastraron hasta las duras colchonetas sobre aquel frio suelo. A la mañana siguiente, cuando las alarmas de los móviles comenzaron a sonar, la resaca pinchó fuerte. A pesar de ello, las ganas del primer día en la excavación seguían ganando, así que, nos montamos en los coches y partimos hacía el yacimiento. Aquí debemos hacer un paréntesis: hay dos tipos de yacimiento, los de fácil acceso y los de “me cagüen la puta no tenían estos tipos otro sitio para construir su hábitat”. Como podrán imaginar los lectores, sí, este yacimiento era de los del segundo tipo, y el acceso al mismo se caracterizaba por una empinada subida bajo el sol durante 15 minutos hasta la cueva, tras los cual, en un estado normal necesitabas beberte medio litro de agua. Ahora bien, estábamos con resaca. Llegué allí arriba que no sabía si iba a echar el hígado, el corazón, los pulmones o todo junto. Pero resistí, porque la experiencia ya me había curtido en los mejores y más infectos campos arqueológicos.

Las labores del primer día trascurrieron con normalidad: COGED LA ESCOBA Y A BARRER HASTA QUE ESTO RELUZCA (Luego mi madre dice que no sé barrer la cocina pero en el fondo tengo dos máster y tres doctorados en lo que a barrer suelos de tierra se refiere). Tras media mañana de acondicionamiento, llegó el ansiado momento de reparto de cuadrículas en el interior de la cueva. Me asignaron un cuadro en el interior de la misma, a dónde se accedía tras quitarte las botas y caminar peligrosamente por unos entramados de hierro. Cuando me senté frente al cuadro, la humedad del sitio, mezclado con el cansancio de toda la mañana me invadieron y una horrible necesidad de vomitar se apoderó de mi ¿Qué HARÍA? ¿QUÉ PODÍA HACER? No había escapatoria, estaba rodeada de gente a la que tendría que hacer levantar si quería salir de allí, por no hablar de los al menos 5 minutos de agonía que tardaría en subir a la superficie. No había escapatoria. Lo único que tenía delante era el cuadro, pero si hay algo que valoro más que a mi vida, es el registro arqueológico, (http://www.gifmambo.com/2e2z/gif-fallan-craneo-rompe-arqueologia-piqueta) y mi lema es “Antes la muerte que romper un perfil” así que, en plena desesperación miré alrededor y lo vi: MI GORRO, mi gorro arqueológico, ese que me llevaba protegiendo durante tantas campañas, chupando sudor y tierra, iba a volver a salvarme. Vomité dentro. Si señores, era eso o la muerte. Y vomité dentro de mi sombrero. Por imposible que parezca nadie se dio cuenta a mí alrededor, y eso que el espacio no era muy grande. Cuando me serené salí de allí, tiré el gorro, y esperé a recobrar fuerzas. Sin embargo, lo que ocurrió, fue que sufrí la peor resaca de mi vida. Agonicé en el suelo durante dos horas sufriendo vómitos y arcadas a la par. Mi estómago no toleró nada durante horas, ni siquiera el agua. La muerte me parecía digna en aquel momento. Gracias a Dios mis compañeros me taparon y no sufrí consecuencias. La vergüenza y la humillación me persiguieron durante todo el día impidiéndome que esa noche bebiese algo más que coca colas y aguas. Me juré que no volvería a beber…pero esas cosas duran hasta que al día siguiente alguien aparece con un palé de cerveza y se te olvidan los malos pensamientos.

Confesaré algo: lavé aquel gorro y hoy día lo conservo en una estantería para recordarme lo dura que es la vida del arqueolog@.

Anuncios

2 comentarios en “Wumingada del mes. Parte V: cómo sobrevivir a unas fiestas patronales durante una excavación arqueológica: manual de usuario para principiantes

  1. Pingback: Y la wumingada del mes llegó a su fin… ¡Votad vuestra favorita o morid! | Grupo Arqueología Social

  2. Pingback: Wumingada del mes. Parte VI: yo excavando y un bonobo frotando sus genitales | Grupo Arqueología Social

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s