Si uno más es uno menos, uno menos es uno más

Madrid 2015

Monumento a la bandera en una papelera retirado esta mañana por los barrenderos de Madrid. No te lo perdonaré jamás, Manuela Carmena.

El circo de Harris se anima. Nuestra amiga Guntergrassa se anima con una reflexión sobre la retirada de los símbolos del franquismo y la democracia. Y ya sabéis que hoy tenemos nuestro cuarto debate con visita a los paisajes del franquismo en Vitoria-Gasteiz. Wu Ming pasará lista y si faltáis tendréis un punto muy, pero que muy negativo.

El hecho de que quienes vitorean al fascismo golpista salgan a esgrimir la antidemocracia de las y los funcionarios que ordenan la limpieza simbólica del espacio público, pone en evidencia que la democracia que llena la boca de esta gente fue salteada por y para esta gente. La democracia tal como nos la vienen presentando ha estado encorsetada por una subnormalidad nominalidad, según la cual se la tiene, sólo a condición de que no se la ejerza.

Toca nuestros cojones corazoncitos el oír que están quitando monumentos del espacio público, puesto que cómo no lo hicimos antes? se trataría de destrucción de patrimonio. El patrimonio entonces vendría a ser aquello que impide que nos libremos preguntemos por aquello que nos han legado ciertos antepasados. Patrimonio como el dedo lo dado, lo que debe permanecer, lo hecho para la posteridad: realización del sueño de eternidad, menos testimonio histórico que indeleble arbitrario, un despertar y verse tatuado.

Sabiendo que no fue en vano solaparse mediante una transición dudosa, están confiados en que lo mejor para disolver un tema es derivarlo a los vericuetos esterilizantes de una comisión revisionista revisora como supuesta tropelía garantía demorática democrática. Si reconocemos que estamos partiendo de un entramado social permanentemente corrompido corroído, democracia es hacer y hacer, como acto a contrapelo de lo que se espera de uno, es rehabilitarse recuperarse.

Ahora, suponer que el mero derribo de la estatuaria da por terminado el problema, sería reconocer que el monumento se erigió por sí mismo. Si lo que lo mantuvo en su lugar es el tabú patrimonial, nos queda comenzar por la deconstrucción del concepto de patrimonio vigente. Declaración patrimonial como el reconocimiento del valor histórico, esto es, que permita abrir el juego y tensar lo dado del estado de las cosas, más que con generar un manto que lo cancele.

Pedestal

Alegoría a la sartén con grasa pegada de hace una semana retirado de mi cocina por los de sanidad. No te lo perdonaré jamás, Manuela Carmena.

Pero nada más lejano a lo que se nos viene planteando, en donde las vitrinas paternalistas patrimonilistas son engrosadas con aquello a ser reservado preservado, menos para que siga siendo, como para que deje de serlo: son cosas que tienen mucho que decir. Presunta preservación que les saca el jugo las saca del juego, liberandolas de toda discusión. Velo patrimonial que impide que uno logre ir más allá, en tanto se los quita por lo que representan y no para que dejen de hacerlo. No se los quita del medio, sino que se los pone en el lugar donde deben estar y del que fueron movidos, apartados en la maniobra anterior que lo creó.

En suma, el cambio en la nomenclatura de ciertas calles o el quitado de monumentos exije darse en el marco de un debate cuyo centro es que eso que está representado en el pedestal no es sino que corona el fracaso diario. Por ello debemos tratar de evitar que esto nos haga perder el rastro de cómo es que hoy llegamos a estar como estamos. Si somos lo que hacemos con aquello que han echado sobre hecho de nosotros, la intervención del espacio público implica que cada uno y una, desde donde se esté, logre preguntarse cómo es que aquello que lo o la rodea llegó ahí, de modo de invertir el rancio aquí hace falta que vuelva ése al por gente como uno esa seguimos estando como estamos.

Respecto del discurso de un supuesto revanchismo en cuanto a quiénes se merecen una calle, hemos aprendido que una democracia no se fortalece subiendo precisamente a próceres a pedestales sino más bien evitando que los suban, manteniéndolos sobre el suelo por el que se anda. En tiempos de conmemoraciones oficiales en donde los estados, en el mejor de los casos, reconocen sus fechorías sus responsabilidades frente al pasado, menos para plantear un cambio que para realmente no tener que hacerlo -cambiar para que nada cambie-, poner nombres demócratas a las calles no es representativo ni democratiza en sí una sociedad plagada de injusticias. Por el contrario, bien puede servir (como a menudo lo es, en el marco de homenajes excluyentemente póstumos) para cubrir con una fina película legitimadora tal o cual mandato electoral. Precisamente por ello, si la democracia es práctica democrática, la revisión de los símbolos que actúan desde el espacio público constituye un necesario punto de partida. La limpieza del espacio público tiene que generar memoria en tanto reflexión política sobre tal o cual contexto histórico: pasar del recuerdo a la memoria. Aunque no se es más o menos democrático de acuerdo al nombre de la calle en la que se vive, la decisión de quitar del espacio público determinados nombres o símbolos es sin dudas un primer paso, pero menos un fin que un medio. Una democracia se conmemora pues poniéndola en marcha.

Guntergrassa

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s