¡Tócame la moral! Entrevista a Enrique Moral, ese arque(er)ólogo

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El arqueerólogo, en una foto de archivo, intentando pervertir a Núñez de Balboa, icono pop de la Ejpaña casposa.

Hoy, desde el GAS, os traemos una imperdible entrevista a alguien que promete ser todo un referente en el futuro de la arque(er)ología mundial… Y también, a Enrique Moral. Con él hablaremos de sexualidad, género, interseccionalidad y mucho más, ¡a través de la arqueología! Esto promete asco y decadencia grandes dosis de crítica, política, (in)cultura material… Sólo podemos decir (etílicamente) que: “Enrique Moral, es un tío p*ta madreeee…” ¡No os la perdáis!

1.- Para empezar, ¿por qué no comenzamos con una breve presentación? ¿Quién eres? ¿A qué te dedicas? Y, ¿cuáles son tus principales campos de estudio o tus ámbitos de interés?

Muy buenas, wumingueras. Soy Enrique, nací y crecí en un barrio de la periferia madrileña y, tras estudiar un bachillerato de ciencias “duras”, en 2010 cometí la temeridad de matricularme en el recién estrenado Grado en Arqueología de la Universidad Complutense de Madrid. Al hacerlo, mi intención inicial era especializarme en época vikinga (nada influido por los abdominales de Ragnar, el de Vikings, ni por la idea de excavar drakkars rodeado de suecos buenorros). Sin embargo, poco a poco algunas profesoras y asignaturas de la carrera fueron cambiando la visión que tenía de la disciplina y del pasado, lo que, unido a mis experiencias personales, terminó llevándome por otros derroteros.

Hoy en día mis intereses se centran en estudiar, desde una perspectiva feminista y queer, el sexo, el género y la sexualidad en otros grupos humanos, tanto del presente como del pasado, así como su relación con la cultura material.

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Enrique Moral haciendo de Enrique Moral… ah, y adoctrinando, eso también.

2.- No nos vamos a engañar, desde el Grupo de Arqueología Social (GAS) hemos querido entrevistarte por tus aportaciones en materia de teoría queer, sexualidad y género y arqueología (así de instrumentalistas somos). ¿Qué nos puedes contar sobre esto? ¿En qué consiste, en pocas líneas, la teoría queer?

La teoría queer apareció en el mundo anglosajón a principios de los 90s, cuando varias minorías (bolleras, maricas, prostitutas, seropositivas, por mencionar sólo algunas) que llevaban años jodidas por las política neoliberales de Reagan y Thatcher decidieron unirse en sus luchas y reivindicaciones. Para ello, se auto-denominaron como queers, que significa “raritx” o “desviadx”, apropiándose así de un insulto que el resto de la sociedad utilizaba contra todas ellas. En contextos hispanohablantes como el nuestro, este proceso de reapropiación y resignificación de un insulto se ha llevado a cabo con palabras como marica, bollo y maricón (el temazo de Smantha Hudson es un ejemplo brutal de ello).

Algunas de esas activistas pertenecían al ámbito académico y decidieron teorizar sobre sus reivindicaciones, cuestionando, entre otras cosas, la “naturalidad” de las categorías de género y sexuales que las oprimían: mujer, hombre, macho, hembra, masculino, femenino, homosexual, heterosexual, lesbiana…

3.- ¿Crees que la óptica queer tiene algo que aportar al estudio arqueológico? ¿De qué forma?

En una conferencia que impartió en Buenos Aires, Paul B. Preciado, referente del movimiento queer y transfeminista en el Estado español, dijo lo siguiente: “uno puede acabar siendo, no sé, doctor en arqueología, y jamás haber oído hablar ni de feminismo, ni de movimientos anti-coloniales, ni de la historia del SIDA […], siendo un absoluto analfabeto de las historias políticas de resistencia”. Creo que no es casual que, de entre todas las ciencias existentes, eligiese la arqueología para representar a aquellos ámbitos de las ciencias sociales y de las humanidades en los que las “políticas de resistencia” están menos presentes. Considero que, debido a esta falta de conciencia política y reivindicativa, la teoría queer tiene mucho que aportar a nuestra disciplina.

Lo queer, a nivel académico, ofrece dos posibilidades muy útiles para la arqueología: permite revalorizar y cuestionar. Por un lado, propone tener en cuenta todo aquello que ha sido desechado por la academia mainstream (como, por ejemplo, los sujetos que son clasificados como “de sexo indeterminado” en los estudios osteológicos y que, en consecuencia, son sistemáticamente excluidos de los análisis de género posteriores). Al poner el foco sobre lo despreciado por el mainstream, no sólo se consiguen nuevos objetos de estudio antes ignorados; al hacerlo, también se nos plantea la cuestión de a qué se ha debido su exclusión, esto es, qué mecanismos están operando en la ciencia, o concretamente en la arqueología, para generar objetos de estudio “normales” y válidos, por un lado, y otros “anormales” que a menudo se categorizan como excepciones no significativas que se excluyen del análisis.

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Imagen de archivo: el propio Enrique Moral, antes de emprender su línea (política) de investigación.

Por otra parte, la teoría queer nos invita a cuestionar el propio mainstream. No se trata de una teoría acabada, con postulados fijos, sino más bien un posicionamiento crítico contra la norma. En cuanto a la arqueología, este cuestionamiento es útil para desnaturalizar categorías como hombre, mujer, masculino, femenino, etc., con el objetivo de llevar a cabo estudios mucho más contextualizados y menos sesgados por los prejuicios de lxs investigadorxs. También nos permite discutir el uso de categorías no relacionadas con el sexo o el género: por ejemplo, en algunos trabajos sobre el neolítico, a veces se habla de “campesinos” (peasants), una categoría que nos remite a una organización social basada en estamentos, dentro de un sistema feudal. Extrapolarla a épocas tan antiguas como el neolítico conlleva, como señala la arqueóloga Chelsea Blackmore, riesgos de anacronismos.

4.- En alguno de tus textos, nos ha parecido entender (aunque no somos muy de entender bien aquello que leemos o que “parece” que leemos) que no sólo extrapolamos nuestro sesgo heteronormativo en nuestra visión del pasado, sino que reproducimos ese mismo orden heteropatriarcal en la Academia. ¿Cómo es posible? ¿Cómo se da esa reproducción? ¿Es algo visible sólo en los despachos o también en el trabajo de campo?

Creo que el sesgo heteronormativo es evidente en la investigación académica, “desde los despachos”, como decís. ¿Cuántas veces habéis leído algo sobre relaciones entre personas del mismo sexo en manuales de arqueología? De vez en cuando se publica alguna noticia sobre enterramientos en los que aparecen dos personas del mismo sexo que se interpretan como una “pareja” (como la mencionada en este post de Pi3dra), pero la historia suele quedarse ahí.

Además, lo chungo del asunto es que, a veces, ese sesgo heteronormativo trasciende la pura investigación y llega hasta la forma en que hacemos arqueología, es decir, hasta el trabajo de campo. No me refiero sólo a comentarios como “picas como un maricón” o “paleas con menos fuerza que el pedo de un marica”. Creo que la desigualdad se da a un nivel más estructural, en parte porque, desde sus inicios, el trabajo de campo arqueológico ha estado sumamente estereotipado. La arqueóloga Cheryl Claassen comenta, en un artículo, que si las mujeres norteamericanas se incorporaron a la arqueología mucho más tarde que a otras ciencias es por el fuerte prejuicio que pesaba sobre las mujeres que participaban en excavaciones, consideradas automáticamente como “masculinas” o “lesbianas”. Aunque hoy en día ese prejuicio ha quedado atrás, la división entre hombres fuertes y activos (que pican y palean con habilidad) y mujeres enclenques y pasivas (a las que “se les da mejor” tareas como excavar con paletín o restaurar los materiales) sigue estando en cierto modo presente, como señala la existencia, aún hoy, de micromachismos en las excavaciones de verano. Pensad, por ejemplo, ¿cuántos hombres restauradorEs conocéis?; yo nunca he visto ninguno, ni dentro ni fuera de una excavación. Y es precisamente esos estereotipos y esa “complementariedad” entre hombres y mujeres la que puede dar lugar a actitudes (micro)homofóbicas durante el trabajo de campo, dirigidas, por ejemplo, al estudiante debilucho al que no se le da bien palear o a la arqueóloga robusta que “pica como una bollera”.

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Enrique Moral midiendo el grado de crítica de género en la arqueología académica.

5.- ¿Qué clase de medidas crees que se podrían tomar ante tales actitudes?

Como ya digo, poco a poco esos prejuicios y esa complementariedad se están reduciendo. Sin embargo, creo que un buen paso sería desligar ciertas actitudes de identidades sexuales concretas, pues es evidente que no saber picar bien no tiene nada que ver con “ser marica” (conozco a varios que lo hacen de maravilla). Otro paso sería acabar con la llamada “presunción de heterosexualidad” (no sólo durante las excavaciones, sino también en la vida en general), esto es, con dar por hecho, a priori, que todo el mundo es heterosexual. Creo que esto terminaría, en gran medida, con las dificultades que algunxs arqueólogxs afrontan a la hora de “salir del armario” durante las excavaciones.

6.- En alguna ocasión, has hablado también de la identificación entre el sexo como lo natural y el género como lo cultural. ¿A qué se refiere esta identificación? ¿Crees que es así? ¿Te parece que responde a algún interés?

Creo que no sólo es así, sino que responde a un interés clarísimo: busca fundamentar el género sobre una categoría natural, el sexo, para naturalizar y legitimar las desigualdades de poder entre hombres y mujeres que, por otra parte, nada tienen que ver con una biología o una anatomía concretas. La arqueología, además, juega un papel clave en esta “naturalización”, así como en la de otras categorías sociales: al dotar a dichas categorías de un pasado tan antiguo, por ejemplo, al hablar de “homosexuales” en la prehistoria (una categoría que surgió dentro del mundo de la psiquiatría hace sólo doscientos años), se (re)produce la ilusión de que dichas categorías y desigualdades “han existido siempre”, son ahistóricas y, en último término, universales y naturales.

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7.- Igualmente, cuando hablas de orden heteropatriarcal, mencionas algo llamado “intersecciones socio-políticas” para referirte a la clase, el género, la etnia, la edad o la orientación sexual. ¿En qué consiste la “interseccionalidad”?

La interseccionalidad surgió dentro del feminismo negro de los años 70s, cuando las feministas negras se dieron cuenta de que estaban siendo desplazadas, excluidas e invisivilizadas por el feminismo hegemónico que sus compañeras blancas llevaban a cabo. Aunque hay arqueólogas que lo explican mucho mejor que yo, diría que la interseccionalidad consiste en tener en cuenta los diferentes “ejes de diferenciación” (la clase, la raza, el género, la orientación sexual, la etnicidad… La lista puede llegar a ser muy larga) que se superponen, o mejor, que intersectan sobre una misma persona, dando lugar a distintas identidades y a distintos tipos de opresión. En este sentido, la interseccionalidad en arqueología puede servir para analizar la forma en que diferentes opresiones (no sólo el patriarcado, sino también el colonialismo, el racismo asociado a él, el especismo, el capitalismo) se articulan sobre un mismo sujeto o grupo social en un momento determinado, así como para hacer de lxs arqueólogxs “revolucionarixs totales”, en palabras del propio Paul B. Preciado.

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“La mujer barbuda” (José de Ribera, 1631). Fuente: wikimedia

8.- ¿A qué te dedicas en este momento? ¿Qué ámbito de estudio estás abordando ahora mismo?

A la espera de convertirme en una becaria precaria para poder empezar el doctorado, tengo tres frentes de investigación abiertos: por un lado, estoy considerando las posibilidades que el transfeminismo (un movimiento político que aspira a sustituir, o mejor, a complementar a la teoría queer en el Estado español) puede tener para el estudio arqueológico. También ando indagando en el que será (si dios, las instituciones, las becas, o el propio Wu Ming quieren) el tema de mi tesis: el impacto de la colonización española de la Micronesia sobre la sexualidad y los sistemas sexo-género de sus habitantes nativos, en concreto de lxs chamorus de Guam, en las Islas Marianas. Por último, citando a un buen amigo, últimamente he reflexionado bastante sobre para qué, para quién, cómo y por qué hacemos arqueología, es decir, sobre los intereses, más allá del conocimiento “neutral” y “objetivo” del pasado, que motivan a lxs arqueólogxs y sus investigaciones, así como en la posibilidad de llevar a cabo una arqueología aplicada, mucho más comprometida desde un punto de vista político.

9.- ¿Cómo ves el futuro de la arqueología y su potencialidad desde una óptica queer?

Creo que es esencial que desde la arqueología promovamos y luchemos por un uso responsable y crítico del pasado, no sólo en la academia, también fuera de ella. Por ejemplo, en 1513 Núñez de Balboa (a quien intento besar la foto que aparece más arriba) ordenó que sus perros despedazaran a cuarenta indígenas americanos por “sodomitas” y “licenciosos”. Hoy en día, la línea 5 del metro de Madrid cuenta con una parada con el nombre de este tío, a sólo tres estaciones de Chueca, el mítico barrio gay. Desde la arqueología debemos cuestionar estos usos acríticos del pasado, que ensalzan discursos, personajes y valores muy cuestionables desde un punto de vista ético. Durante décadas, nos han vendido un pasado totalmente heterosexual y cis[1], cuando la antropología y la etnohistoria han revelado que en muchas sociedades no occidentales la diversidad de género y sexual es (fue) brutal.

Por tanto, debemos intentar visibilizar dicha diversidad en el pasado, no sólo incluyendo nuevos sujetos (trans, maricas, bolleras, “terceros géneros”) en el discurso arqueológico (una práctica bastante bien aceptada por el establishment y el mainstream académico, ya que les dota de un aire multicultural muy molón sin cuestionar, en mayor profundidad, sus sesgos y desigualdades), sino añadiendo nuevo valores o modificando los existentes.

[1] Dentro de los movimientos trans y feministas, se denomina cis o cisgénero a aquellas personas cuyo sexo e identidad de género coindicen, en oposición a las personas transgénero y transexuales.

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Enrique Moral os desea un feliz año nuevo.

10.- Para acabar, en las entrevistas a personas consagradas de la Academia se les suele preguntar algo así como: “¿qué les dirías a las y los jóvenes como recomendación para el futuro?”. Pues bien, ¿qué les dirías a las personas que ya forman parte de la investigación y la docencia de cara al futuro?

Les recomendaría que fuesen más autocríticxs y reflexivxs con sus trabajos. Hasta el acto aparentemente más neutral y despolitizado, como un análisis antracológico, responde a los intereses de un posicionamiento teórico concreto que, incluso si se pretende aséptico y objetivo, conlleva una serie de implicaciones políticas (desde el inmovilismo propio de posturas reaccionarias hasta otros posicionamientos mucho más conscientes y comprometidos).

Diana J. Torres, también conocida como la pornoterrorista, dice que “no hay nada más queer que los cuerpos”. Creo que, con ello, se refiere a que no hay nada que desafíe en mayor medida nuestros prejuicios sobre la dualidad de la diferencia sexual y de género como nuestros propios cuerpos y su variabilidad. Hackeando su frase, me gustaría terminar esta entrevista diciendo que “no hay nada más queer que el pasado”, es decir, no hay nada que cuestione más nuestras categorías y desigualdades de género y sexuales que observar lo mucho que han variado a lo largo del tiempo e, incluso, detectar sus orígenes (pre)históricos.

Soyuz Gorri

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2 comentarios en “¡Tócame la moral! Entrevista a Enrique Moral, ese arque(er)ólogo

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