Ez ikusi, ez ikasi: cuando el saber-poder es muy chu-chu-chuli

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Castillo-observatorio de Abbadia, en Hendaya (fuente: mecenaquitaine)

El GAS se creó por dos motivos. 1) Dar rienda a suelta a nuestras filias y fobias con burritos mexicanos a base de seitán y odio; y 2) Denunciar alegremente los abusos de la Academia y el saber-poder en la Arqueología. La intelligentsia somos asín. Tenemos acceso a una serie de conocimientos y visiones que nos hacen ser la hostia. Normalmente, mostramos esa superioridad con prejuicios de clase y maneras de imbécil. Pero, en ocasiones, esa diferencia de “rango intelectual” se muestra de forma bonita, esto es, chu-chu-chuli. Como en la mansión de Abbadia, en Hendaya. Hoy, y aprovechando que se acerca un verano de viajecitos y destinos de ensueño, acompañadnos en una excursión a un lugar de cuento, obra de Viollet-le-Duc y de un esperpéntico aristócrata-filántropo-políglota-ilustrado-científico-intelectual-amigo-de-sus-amigos llamado Anton Abadia (1810-1897). ¡La materialidad del saber-poder nunca fue tan cuqui!

Como ilustra muy bien Hobsbawm en su trilogía sobre el largo siglo XIX (descargables aquí: La era de la revolución, 1789-1848La era del capital, 1848-1870La era del imperio, 1870-1914), este periodo de más de cien años fue clave en la construcción de la contemporaneidad. Más de cien años de avances y progresos técnicos e ideológicos, con pocos conflictos bélicos (al menos, en Occidente), descubrimientos e invenciones, etc. Frente a un siglo XX lleno de traumas y destrucción, el siglo XIX fue la (festiva) consolidación de la hegemonía de Occidente, de los paradigmas de la Ilustración y de las bases de la ciencia moderna. Bueno, con algunos matices, pero máh o menoh…

Anton Abadia (Dublín 1810 – París 1879) podría ser la personificación del héroe intelectual del siglo XIX. Este vasco-franco-irlandés de pura cepa era astrónomo, cartógrafo, geólogo, (hiper)políglota, con toques de antropólogo y etnógrafo, “explorador” ilustrado y de profundas convicciones católicas, promotor del euskera y la literatura (oral) vasca mediante los Lore Jokoak (“Juegos Florales”), y seguramente campeón de mus también -¿por qué no?.

ABB

Un sensual Anton Abadia os da la bienvenida a su keli (fuente: wikimedia)

A mediados del siglo XIX encargó a Viollet-le-Duc (1814-1879), ilustre restaurador francés a quien debemos una gran cantidad de imaginativas reconstrucciones de castillos y catedrales de cuento por toda Francia (Carcassone, Notre Dame de París, Basílica de Saint-Sernin en Toulouse) y precursor de Disneylandia-antes-de-Disney, la construcción de su mansión en Hendaya en la que se debería materializar todo su rico y jugoso cerebro. Se trataría de una casa neogótica que así subrayase el abolengo origen feudal de Antoñito Abadia, con una organización interior fuertemente jerarquizada y más plagada de detalles que un libro de Buscando a Wally: tendría un observatorio en el cual escrotar el cosmos, un laboratorio de geología y tectónica, una majestuosa capilla, varias habitaciones temáticas (una etíope, una árabe, una de estilo francés medieval, otra dedicada al Camino de Santiago, etc.) y una clara separación espacial entre los recorridos de la familia noble y el servicio a lo largo de la casa.

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Carcassone, “restauración” de Violet-le-Duc. Él acuñó el témino “mierdeval” (sin querer).

La Arqueología se presta al estudio de la materialidad como aproximación al conocimiento de los fenómenos sociales, de su estructura ideológica, su relación con el entorno, las dinámicas culturales… Pues bien, el Chateau Abbadia es todo un ejemplo de materialización de la ideología y además en un formato espectacular.

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La biblioteca, con inscripciones en euskera en las vigas (fuente: chateau-abbadia)

Tal y como vimos en alguna que otra materialización de la Utopía, aquí se da un mejunge de visiones e ideas propias de ese largo siglo XIX. La fe en el Progreso y en la Técnica tienen su espacio propio en el observatorio-laboratorio -que continuaron en activo hasta los años 1970- con un gran telescopio, instrumentos de precisión de distinto tipo, una plomada que servía para registrar las microvibraciones producidas por los movimientos tectónicos… Abadia también realizó diversos viajes a Brasil, Egipto y Etiopía. En éste último país, realizó una cartografía general y además hizo como todo buen antropólogo de la época: observar, anotar, registrar, admirar la cultura y de paso… traerse un souvenir.

Etiop

Escalera triunfal con frescos con escenas etíopes (y visitantes flipándolo mucho, eso también) (fuente: jotdown; tourinsoft)

El souvenir era un niño esclavo llamado Abdullah, un regalo del jefe local Ras Ali a Anton Abadia por sus servicios como científico y embajador de la Modernidad. Abadia se trajó al pequeño Abdullah a esta mansión, pero parece que la vida tranquila y burguesa de la casa no le satisfacía. Abadia lo “liberó” -primero, como esclavo, y después, como niño burgués- y Abdullah se alistó en el Ejército Francés. Por ejemplo, luchó en la Batalla de Magenta (1859), durante la Unificación de Italia. Más tarde, en 1871, formó parte de la Comuna de París y en la posterior brutal represión, fue fusilado por las tropas del Orden. Su historia fue contada por el escritor Alphonse Daudet en un relato titulado Le turco de la Commune. Pero, además de eso, Abadia materializó y fosilizó a Abdullah -como niño esclavo- mandando tallar una escultura de madera del muchacho en lo alto de la escalera principal.

Abdullah

El pequeño Abdullah (o su materialización objetivante) finalmente se quedó en la mansión de Abbadia (fuente: chateau-abbadia)

Inscripciones en árabe, etíope, hebreo, latín, francés medieval, inglés, gaélico irlandés, griego y euskera cubren este horror vacui de la representación del saber-poder. Dichos populares se mezclan con pasajes de la Biblia, el Corán o el ciclo artúrico. El complejo y pintoresco cerebro de Anton Abadia está aquí, en este rincón del País Vasco, junto a la Corniche Basque de acantilados marinos y prados pastoriles, en un entorno tan bonito que puede hacer que vomitemos arco iris hasta el día del Juicio Final. La visita merece mucho la pena (y no: en el GAS no cobramos comisión por esta promoción). El romanticismo medievalizante, la fe en el Progreso, el colonialismo-de-rostro-amable y el apego cultural a la tierra se materializan en un cóctel muy particular. El burgués siglo XIX condensado en una casa.

Ez ikusi Ez ikasi

Monte Larrun visto desde un orificio de observación (izda.) y orificio cegado en la fachada exterior con la inscripción “Ez ikusi, ez ikasi” (dcha.) (fuente: kordouane; nocolor)

Sin embargo, no todo es satisfacción y plenitud en el castillo de Anton Abadia. Este científico-aristócrata mandó realizar una serie de agujeros en diferentes paredes de la mansión para así realizar unas observaciones muy precisas desde el laboratorio-observatorio. Mediante el registro de los astros en su relación con referentes en el paisaje, como el Monte Larrun (el último monte pirenaico frente al Atlántico, a apenas unos kilómetros de Hendaya), tal vez podría documentar mejor las microvibraciones tectónicas y las oscilaciones geológicas de la zona. A pesar de todo, el experimento resultó un fracaso, y en reconocimiento del fallo, Abadia mandó exculpir la siguiente inscripción en el cegado agujero de observación: “Ez ikusi, ez ikasi” (“No he visto nada, no he aprendido nada”). Incluso un error, un vacío, en este sistema de saber-poder y conocimiento científico ha servido como buena excusa para la (auto)representación. La Modernidad en su faceta más amable, chu-chu-chuli y molongui. ¿Qué esperabais? No todo va a ser chungo, feo y horripilante en el GAS. Para eso ya está el rostro de Wu Ming

Soyuz Gorri

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