Sin Sororidad no hay revolución

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Foto realizada tras la mesa redonda sobre Arqueología feminista en Arqueonet, con Apen Ruiz, Debora Zurro, Aitziber González, Lourdes López y Marga Sánchez.

Hoy estamos muy contentas, así que, una vez más, vamos a aprovechar esto para escribir lo que se nos pase por la cabeza. Y en este caso, vamos a dejar de ser unas “frustradas, amargadas, fracasadas” y otras de las cositas bonitas que nos dice cierta persona por internet (hola, ricura, soy feliz, te jodes) y hablar sobre cómo el heteropatriarcado (¡uy lo que ha dicho!) nos afecta en nuestra labor como arqueólogas o sobre cómo ha condicionado las reconstrucciones del pasado que vienen haciéndose desde hace tanto tiempo (y que muchos de vosotros, al pretender pasarlas por alto o quitarle hierro al asunto, estáis perpetuando y licitando continuamente).

Un compañero me dijo una maravillosa noche que tal vez, corremos el riesgo de ser demasiado “destructivas o deconstructivas”, y que está muy bien saber señalar errores, contradicciones y culpables, pero que es fundamental dar un paso más y proponer soluciones y alternativas.

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Fuente: facebook (Memes Feministas)

Por eso hoy me gustaría que todas nosotras reflexionásemos sobre nuestra forma de actuar y de trabajar con nuestras compañeras arqueólogas en particular y con las mujeres en general. Desde pequeñas nos han dicho que las mujeres somos nuestras peores enemigas, que somos malas entre nosotras por naturaleza, que somos competitivas, falsas y traidoras. Se nos acusa también de ser más calculadoras planeando nuestras venganzas (como muestra tenemos esa contraposición entre hombre-asesinato violento y mujer-asesinato planificado). Y esto es algo que todas nosotras aceptamos e interiorizamos, lo cual nos lleva a desconfiar las unas de las otras, a ser recelosas y a sospechar.

Pero, y esto ¿a qué se debe? Me parece bastante sencillo, ” divide y vencerás”, así que, si conseguimos que la mitad de la población, las mujeres, se enfrenten las unas a las otras, evitaremos que sean un grupo cohesionado, y con ello que pueda darse la vuelta a la situación de subordinación a la que están sometidas. Y como ejemplo me pongo a mí misma, y es que, soy de las que siempre ha dicho gilipolleces como “yo siempre me he llevado mejor con los chicos”, “las relaciones de amistad entre los chicos son más sinceras y naturales, son menos malos entre ellos”, “prefiero estar con tíos que con tías que no hacen más que criticarse entre ellas”. Y esto, precisamente, mientras yo misma mostraba una especial competitividad con esas otras mujeres, y es que, nos enseñan a ser perfectas, y ¿cómo ser perfecta cuando hay otra que lo es más que tú?

Te das cuenta de que a lo largo de tu vida has sido muchísimo más inflexible con tus compañeras, que las críticas hacia ellas han llegado al punto del ensañamiento (además yo ya de serie soy un poquito visceral), que eres más intransigente con sus errores (por ejemplo, en el trabajo de campo). Y esto, ¿por qué? ¿Será que no somos capaces de enfrentarnos a los hombres de una forma tan tajante? ¿será que, inconscientemente estamos dando por hecho que el trabajo de los hombres es mejor que el de nuestras compañeras mujeres? ¿será que exigimos mucho más a una mujer, tanto a nivel teórico/mental como práctico/físico? ¿será que creemos que ellas estarán también juzgándonos así a nosotras a nuestras espaldas? ¿será que queremos conseguir la aprobación masculina diferenciándonos de “las otras mujeres”? Son muchas preguntas y todas ellas pueden ser ciertas a la vez, pero lo que está claro es que así, el camino hacia la igualdad y el empoderamiento será muchísimo más difícil, solitario y, seguramente, imposible.

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Fuente Pixilart

Estamos perdiéndonos una oportunidad increíble, que es la de estar unidas, porque tenemos mucho por lo que luchar juntas, a todos los niveles. Centrándonos en el caso de la Arqueología, la situación es más que evidente, y es que estamos en un “mundo de hombres”. Y a pesar de que la participación de mujeres en los trabajos arqueológicos viene dándose desde los comienzos del desarrollo de esta cencia, no hemos podido/no nos han dejado ocupar el lugar que nos corresponde. Por eso es necesario que estemos unidas, crear lazos, vínculos, apoyarnos y confiar. Aun así, todo esto puede sonar demasiado hippie (cosa que, los que me conocéis, sabéis que odio profunda y rotundamente) y utópico. Por eso hay que ser realistas, y ponernos manos a la obra, y cualquier lugar es idóneo para ello.

Una de las experiencias más enriquecedoras de este año ha sido sin duda, la participación de Wu Ming en la mesa redonda sobre Arqueología Feminista y Redes Sociales celebrada dentro del congreso Arqueonet. De esta mesa, que duró una hora, ha salido algo más, y es conocernos y tener ganas de trabajar juntas en una misma dirección, de compartir ideas, experiencias, realidades. Aunque sobre esto, os hablará Wu Ming.

Mucha gente criticó que no hubiera representación masculina en la mesa, ya que eso conllevaría (supuestamente) que el debate sea mucho más parcial que si la participación fuera mixta. Veréis, resulta, que en la gran mayoría de estos congresos y jornadas, es la representación femenina la que escasea, vemos mesas enteras llenas de hombres, y sin embargo, ahí (casi) nadie alza la voz para quejarse de la parcialidad que ello provoca. Pero, la cosa cambia cuando eres tú el que no puede imponer su presencia, su discurso y su opinión.

Es una realidad que la forma de interactuar en el espacio público, en el caso de hombres y mujeres, es tremendamente diferente, y que vuestra tendencia a participar, opinar, discutir, y en definitiva, a tomar la palabra suele ser mucho mayor (y además, con mucha más confianza, seguridad y agresividad). Y esto, suele ser en cualquier espacio, en aquellos en los cuales es “vuestro tema” el que se trata, o en el que se trata de algo que os afecta/incumbe directamente. Pero también soléis actuar así en debates en los que vuestra aportación puede no resultar demasiado interesante, porque existen personas que han vivido en sus propias carnes aquello de lo que se está hablando, que además, suelen ser personas/grupos/colectivos que necesitan empoderarse, que necesitan ganar esa capacidad de hablar en público, de defender lo que piensan sin sentirse intimidadas ante otro colectivo/grupo hegemónico que tiende a ocupar espacios que no le corresponden. Intentad escuchar esto, anda.

Saber escuchar, intentar ponerse en la piel de la otra, no necesitar que la última palabra sea la tuya, ni tu voz la más escuchada, no ofenderse cuando no hay necesidad de hacerlo…Todo esto, sin duda, sería de gran utilidad en este tipo de espacios de debate. Y, sintiéndolo mucho, considero fundamental que haya espacios no mixtos, en el que podamos sentirnos cómodas para tratar temas que delante de otras personas no van a tratarse con la misma franqueza y sin que nadie vaya a sentirse “ofendido” e interrumpa el transcurso del debate. Hay muchas cosas que, como mujeres, no podemos hablar delante vuestro con la misma naturalidad, porque no nos entendéis, porque os lleváis las manos a la cabeza, porque vais a interrumpir, porque va a retrasar el avance del debate/conversación en la medida en que tenemos que explicaros punto por punto una realidad que para nosotras es indiscutible (como puede pasarme a mí si participo en un debate entre homosexuales, entre trans, entre minorías étnicas…).

Pero tranquilos, que por normal general no solemos planear vuestro exterminio masivo, si sois el enemigo, ya que, como dijo Debora Zurro en la mesa redonda de la que hemos hablado, “no os odiamos, si incluso a veces nos gustáis”.

Brandine Von Mierder

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