Lo que de verdad importa

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John Berger, in memoriam. Fuente: Verso Books

Desde Nueva York, el nombre de Quincy evoca un pueblo aún más remoto. Mientras empiezo a escribir esto, hoy, seis de enero de 2017, nieva sobre el Valle de Giffre, como nieva sobre las calles de Manhattan. Podría caer en la tentación de comparar las cumbres nevadas de los Alpes con las azoteas de los rascacielos, pero el tacto geológico de las rocas en nada se parece a la resbaladiza superficie de las emblemáticas fachadas de estos edificios –¿emblemas de qué? Habrá quien las  presente, rocas y fachadas, como resultado de procesos en esencia similares: pura materialización de fuerzas naturales. En Quincy se refugió un hombre que nos ayudó a buscar otros modos de ver el mundo que nos rodea. Hace unos días se nos ha ido John Berger. Va llegando al fin, tras el de las necrológicas urgentes, el tiempo para el recuerdo sosegado.

Me encierro en el MoMa para vagar por sus salas con la esperanza de encontrar elementos que me ayuden a tender puentes entre la ciudad y su obra, él, que tan densa atención prestaba a los espacios que ocupaba. He pagado religiosamente mi entrada y me incorporo por un momento al ritual museístico –la adoración de las obras, la genuflexión fotográfica– del que participan quienes, al igual que yo, han desembolsado los 25 dólares que cuesta cruzar el atrio hasta el corazón del edificio. Entre estas paredes –juego, a mi manera, a ser Michel de Certeau– apenas llega, amortiguada, la multitud de trayectorias que se arraciman y disuelven en las calles. No se ve desde aquí a esas personas para las que cada dólar cuenta, no se ve a los sintecho que horadan los cimientos del sueño americano. Pero no se ven tampoco todas aquellas formas cotidianas de supervivencia que practican quienes se aferran a lo que más quieren para evitar que la Ciudad los moldee a su imagen. Porque en ella hay bolsillos de resistencia, aunque tan importante como identificarlos es averiguar qué defienden, por qué apuestan, qué arriesgan quienes lanzan sus consignas desde ellos.

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Know Your Rights, en Harlem. Cortesía del Perro.

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Ban Fracking Now. Cortesía del Perro.

1) “Down with patriarchy”/ “Not our president” / “Cooper against Trump” 2) “Love trumps hate” / “She got more votes”. The Cooper Union, cara y cruz del menor de los dos males. Fotografías del Perro.

Doy mis primeros pasos buscando rendijas que me permitan volver la vista hacia el exterior. Llego así hasta las plantas superiores, donde unos grandes ventanales me asoman a la calle. Algunas luces encendidas descubren las entrañas de las construcciones del entorno. Se ve a personas sentadas en grandes escritorios, a personas que bailan, a personas que comparten una pausa mientras sujetan una taza en sus manos: desde esta perspectiva, todas ellas, pero también todas nosotras, visitantes del MoMa, se convierten y nos convertimos en reclusas de estos grandes edificios. Nuestra humanidad cotidiana mella estas jaulas, pero no las destruye: somos las manos ausentes de las fotografías de Aaron Siskind que se exponen en la primera planta.

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Veracruz 96 (1973), de Aaron Siskind. Fuente: creativephotography.

Las grandes torres se yerguen como conquistas de un progreso que se pretende eterno, pero cuya temporalidad se revela unas manzanas más allá, en aquellas casas que a finales del siglo XIX albergaron, en condiciones no menos miserables por cuanto a veces hoy idealizadas, a los y las inmigrantes que llegaban entonces a Nueva York. El pasado y el presente de estos séptimos hombres y niños, de estas séptimas mujeres y niñas, se conectan a través de los cables y de los alambres de espino con los que Reena Saini Kallat ha tejido su Woven Chronicle (2011-2016), acaso la más desasosegante de las instalaciones que alberga la exposición Insecurities: Tracing Displacement and Shelter. Aquí, ahora, en Manhattan, donde un inquilino de la quinta avenida sirve de altavoz para la versión más dura de los discursos anti-inmigración y recupera lo peor de las proclamas contra los “hyphenated Americans”, ese alambre lleva de manera inmediata a pensar en la valla que se levanta ya sobre algunos tramos de la frontera entre Estados Unidos y México. Sin embargo, es también con vallas, aunque sean de otro alambre, con lo que se protege el redil de esa intemporal America al que otros discursos, que subyugan desde la seducción, quieren conducir a las personas inmigrantes.

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Woven Chronicle (2011-2016), de Reena Saini Kallat. Fuente: MoMa.

Una America, por cierto, que se construyó a lomos de un caballo sobre el que un varón blanco primero dominó y luego condujo –y así las controló– a muchas otras poblaciones. No olvidemos que este es un país en el que aún hace falta gritar Black lives matter casi con el mismo apremio que en 1972, cuando John Berger donó la mitad del dinero del premio que recibió por su novela G. a las Panteras Negras. El grito lo emiten las ventanas de Harlem, donde entre un mar de casas bajas se impone, brutal, un edificio estatal bautizado –máscara amable– con el nombre de uno de los líderes –varones– del movimiento por los derechos civiles, Adam Clayton Powell Jr.. Qué distinta resulta esta verticalidad aquí, tan lejos del distrito financiero, aquí, donde Adam Clayton Power Jr., Martin Luther King o Malcom X se han convertido en víctimas de un Estado vampiro que conmemora la igualdad formal ante la ley para encubrir que relega al olvido otros derechos necesarios, sustanciales, para poder vivir con dignidad.

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Estatua ecuestre de Theodore Roosevelt frente al Museo de Historia Natural. Fuente: Pinterest.

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Edificio Adam Clayton Power Jr. o la materialidad brutal del Estado. Foto del Perro. 

Ese vínculo entre el arte y la transformación radical del mundo en que vivimos es el que encuentro en la exposición A Revolutionary Impulse: The Rise of the Russian Avant-Garde. El relato nada, de manera ambigua, entre la celebración de la ruptura con los cánones clásicos que se produjo entonces y una velada condena a los y las artistas que la protagonizaron. Se los presenta como mártires de un individualismo que se les impone. Se les critica porque se sacrificaran por la construcción de un mundo trágicamente condenado, de un arte luego traicionado. Quien conozca a John Berger no podrá dejar de sonreír al encontrar en las palabras con las que se emite ese juicio ecos de Walter Benjamin: “They adopted mechanical reproduction in place of the artist´s unique hand”. Me gustaría ver en ello una nota de ironía, pero no puedo, y pienso en los catálogos de la exposición que seguramente se venderán en la tienda del museo. John Berger nos mostraba, sin embargo, que no hay renuncia para quien entiende que su identidad se conforma desde el contacto solidario y continuo con quienes se encuentran a nuestro alrededor, un contacto que a veces es cercano, como cuando nos encontramos en lugares compartidos, y que otras es distante, aunque no por ello menos intenso.

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“They adopted mechanical reproduction in place of the artist’s unique hand” Introducción a la exposición A Revolutionary Impulse: The Rise of the Russian Avant-Garde. Fotografía dinámica de la temblorosa mano del Perro

La de John Berger ha sido una lucha por la construcción de una realidad otra en y a través de la diversidad. En su camino ha perseguido ver y entender el mundo que es desde las fatigas del que ya ha sido. Es por ello que detengo este fragmentario y azaroso recorrido por el museo y por su obra plantado ante un cuadro de Chagall, ante un I and the village que con John Berger querría ahora transformar en un I in the village. Salgo a la calle para reencontrarme, desde sus palabras, en Nueva York. Quiero con ellas desvelar qué es lo que hay detrás de esta Ciudad: quiero ver en ella lo que de verdad importa.

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I and the village (1911), Marc Chagall. Fuente: MoMa

El perro de Chulainn 

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