TOTAL, LA HISTORIA, ¿PARA QUÉ? O UNA CRÍTICA A PATRIA, DE FERNANDO ARAMBURU

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El Perro en el momento en el que se le encargó que leyera Patria. Fuente: David

En el GAS nos gusta estar siempre al día en todos los frentes. Por eso hemos encerrado en el sótano a El Perro de Chulainn esta semana para que se leyera y nos hiciera una breve reseña de “el fenómeno editorial del año”: Patria, de Fernando Aramburu.

Ya que estas semanas en el GAS se está hablando mucho del conflicto vasco, qué mejor momento para rajar de hacer una crítica sensata y reposada del libro que se ha erigido en los últimos meses como representación última e insuperable de su historia: Patria, la nueva novela de Fernando Aramburu. No quiero ser exhaustivo, pero sí apuntar algunas de las razones que pueden explicar por qué un libro de sopotocientas páginas del que se han vendido ya sopotocientas mil decenas de ejemplares y a la que se ha consagrado con el Premio Francisco Umbral va, además, camino de convertirse en una serie de televisión.

En realidad, esa fue la razón por la que empecé a leer el libro: no porque en sí mismo me resultara atractivo, sino porque recelaba del bombo que se le había dado, tanto a nivel puramente editorial como por parte de los voceros culturales del régimen, a una novela sobre el conflicto vasco. Llamadme suspicaz. Pero es que de Patria, exaltada como “la gran novela española sobre el terrorismo de ETA” (la caracterización no tiene desperdicio, es toda una declaración política) se han escrito y dicho auténticas barbaridades… o meros comentarios sobre el estilo que parecerían ignorar la complejidad del problema que plantea. Para barbaridades, me quedo con la que se cita de Manuel Llorente Machado aquí sobre su valor histórico como crónica para entender el siglo XX en “España y Euskadi” y que en algunos casos ha llegado a expresar, de manera menos matizada, dando a entender que en el futuro quienes quieran saber lo que realmente pasó leerán Patria. Porque total, la historia, ¿para qué? Ah, pero nos pillan advertidas. Llevamos demasiados años sufriendo Cuéntame como para fiarnos de este gato que pronto alcanzará la condición de liebre televisiva. ¿Por qué tanta promoción y tanto interés en convertir Patria en una serie? No pretendo hacer una crítica exhaustiva: lo que sigue es tan solo una visión parcial de algunos de los aspectos que quizá ayuden a entender la promoción que se hace de esta novela.

Patria, que abre el relato el día en el que ETA anunció el cese definitivo de la actividad armada, nos presenta la historia de dos familias a través del prisma de dos mujeres, Miren y Bitori, y sus respectivas familias. La primera, la de Miren, se erige como representación de quienes apoyaron la violencia: Joxe Mari, su hijo, es un miembro de la banda encerrado en la cárcel. La segunda, la de Bitori, es la de las víctimas de la violencia: su marido, el Txato, era un pequeño empresario extorsionado y luego asesinado por ETA. Son las personas que forman parte de estas familias las que, con sus diferentes posturas, se presentan como “tipos” de actitudes ante la “situación” en la que viven. En su pretensión de explorar el aspecto íntimo y humano del conflicto, el relato se erige o se puede entender como representación totalizante de la realidad cotidiana. Con ello, desactiva o diluye varias líneas de conflicto.

En primer lugar, Aramburu presenta a ambas familias como “gentes vascas que se han visto implicadas en un fenómeno que en principio no viene de ellas pero que les afecta de una manera muy directa”. El conflicto se presenta como una situación extraña que se superpone a la realidad cotidiana y cuya responsabilidad recae en manos de otras gentes (terroristas, políticos). Flaco favor hace esta desconexión entre las distintas escalas del conflicto al esfuerzo por recuperar una historia íntima (personal, diversa, subjetiva) de lo sucedido. Y es que desde ahí solo cabe devolver la burra al trigal de reivindicar que sean “los políticos” (ese ente abstracto y masculinizado) quienes arreglen las cosas. Con cuidado, claro, porque ya sabemos que en Euskadi lo de la dimensión política del conflicto ya tal. Y nosotras, pues nada, a seguir con nuestras vidas, que ya bastante hemos tenido.

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Fernando Aramburu, expectante ante el reconocimiento de las generaciones venideras de izquierdas, independentistas o no. Fuente: aquí

El segundo de los frentes que diluye, que está relacionado con lo anterior, se refiere a la dimensión colectiva del conflicto y su resolución. Se observa, por ejemplo, en la forma en la que los distintos personajes de la familia de Bitori se enfrentan al asesinato del Txato. Nerea, su hija, es una mujer un tanto alocada que huye del estigma de la victimización. Todo lo contrario hace su hermano, quien hace de su condición de víctima su estilo de vida, aunque de manera estrictamente personal, rehuyendo la labor de asociaciones y colectivos dentro y fuera de las instituciones. La superación, que representaría Bitori, llega a través de la preservación de la memoria (individual) de las víctimas y la defensa (individual) de la dignidad de quien busca el arrepentimiento y el perdón (individuales) del terrorista (aislado). La única vía para superar estigmas y para abordar el conflicto es, parece decirnos la novela, estrictamente individual.

La tercera línea de conflicto que se desdibuja tiene que ver con la presentación del fenómeno independentista. ¿Quiénes se declaran abertzales y, en su caso, apoyan las acciones de ETA? Joxe Mari, por supuesto, que al igual que su análogo en Años lentos (que me leí para intentar contextualizar Patria en la trayectoria de Aramburu –llamadme masoca–) es un tipo un poco bruto, buen deportista, pero a quien los estudios y el razonamiento político como que no se le dan. Todo lo contrario es su hermano, Gorka, que se presenta como paradigma de euskaldun bueno que desde el aprecio por el euskera es moderno y tolerante: homosexual, Gorka vive condicionado por el rechazo de su hermano Joxe Mari. También se declara abertzale Miren, la madre de Joxe Mari y Gorka, pero lo hace porque le sale de las entrañas, porque ella es su madre y él es su hijo. No nos confundamos: no se trata de presentar ese apoyo en términos humanos. Miren representa la irracionalidad que lo motiva. Su marido, un pusilánime a los ojos de su esposa, es la representación última de la emotividad de quien, desde el lado de la familia del terrorista, vive el desgarro emocional que le suponen las acciones de sus hijos y la muerte de su amigo el Txato. En el mundo de la novela ese ambiente parece ahogar la voz de quienes en ese entorno se oponen firmemente a la violencia: Arantxa, la hija de Miren, apenas puede moverse y hablar como consecuencia de un ictus (toma metáfora). Finalmente, Nerea, la hija del Txato, coquetea al principio con los ambientes abertzales, quizá porque lo de ser abertzale son cosas propias de la juventud alocada: en definitiva, de jóvenes inconscientes, de brutos arcaizantes y de seres irracionales.

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Fernando Aramburu, expectante ante el reconocimiento de las generaciones venideras de derechas, independentistas o no. Fuente: acá

La cuarta, finalmente, tiene que ver con la desactivación de los conflictos sociales y laborales y se concreta, fundamentalmente, en la forma en la que se construye la relación entre el Txato, un pequeño empresario, y sus trabajadores. El Txato, como empresario, mantiene un conflicto (latente durante la mayor parte del tiempo, abierto durante una huelga) con sus empleados, liderados por un tipo que se hace fuerte gracias al apoyo del que goza entre sindicatos abertzales y gracias a que sus compañeros, o al menos algunos de ellos, callan por miedo. El conflicto laboral se disuelve así como enfrentamiento entre un esforzado emprendedor individual y el bestia de un empleado que tiene de su parte a los bestias de sus amigos abertzales: otra línea más de brutalismo irracional.

Me parecería injusto criticar a Fernando Aramburu por lo que otras personas dicen que ha hecho o pretenden hacer con su novela. Eso, claro, no le exime de la responsabilidad de haber escrito una novela que en su pretensión de ofrecer la dimensión humana del conflicto (o de cómo afecto “a las gentes vascas” libres de pecado) termina constituyéndose como un relato totalizador elaborado desde una visión parcial y reduccionista de una realidad mucho más compleja. Los días que me levanto de mala leche me pregunto en qué medida no lo es también de dejarse seducir por los cantos de sirena oficialistas, pero vamos a dejarlo estar, porque yo no puedo dejar de recordar, como señalé al principio, que esta es una crítica de su novela que no se puede pretender total. Por el momento, reconozcamos que sí, que hace quizá falta un trabajo de historias y de memorias íntimas del conflicto. Pero por íntimas no podrán ser totalizadoras. En fin, si en el futuro tanto historiadoras como no historiadoras toman Patria como referente para entender lo que ha pasado durante las últimas décadas en Euskadi, más nos vale que seamos capaces de seguir desarrollando arqueologías críticas, porque si no, vamos dás.

El Perro de Chulainn

 

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