Los límites del humor, o por qué hacer bromas de Echenique no está mal pero sí los chistes machistas

Todo el mundo se fijó en Echenaik, pero nadie se dio cuenta de que Pablo se compara con un tipo que murió atravesado por el láser de un tío rojo (Garzón intensifies).

Desde el GAS hemos hecho siempre una apuesta directa por el humor como método de acercamiento de la Arqueología a la sociedad. Creemos que frente a una exposición falsamente científica y lineal de los datos arqueológicos que acaban convirtiendo la Arqueología en algo minoritario y jodidamente aburrido, la repetición hasta la exhaustividad de los mismos clichés simplistas sobre la arqueología a un público al que solemos considerar poco menos que como bordelines, o la “guetización” con contenidos que solo nos interesan a nosotras como colectivo (es lo que Soyuz Gorri y yo bautizamos como “el síndrome de Andy Kaufman“; y, lo reconozco, desde el GAS caemos mucho en esto), existen otras formas de hacer para que la sociedad se interese por la arqueología, construyamos pensamiento crítico y generamos espacios de intercambios de ideas.

El humor nos pareció la clave en esta ecuación. Como exponemos en nuestro “qué somos“: “El humor como estrategia… rechazamos las ideas planas, aburridas, normalizantes; apostamos por la crítica, la ironía y el absurdo reflejo del mundo en el que vivimos”.

Últimamente se ha generado el debate social de los límites del humor. Es un debate que lleva mucho tiempo en el aire -recordemos por ejemplo el tema de Mahoma, que acojonó a medio mundo y todavía sigue dando cosica- pero que desde el asunto de los titiriteros en Madrid o el temita de los tuits de Carrero Blanco han vuelto a saltar a la palestra en esta nuestra querida Ejpaña. Para introducir el tema con humor, que es lo suyo, ponemos un vídeo:

Esto de los límites del humor da para una tesis doctoral y evidentemente, como toda cuestión que se adentra en el terreno de la moral, pues hay opiniones para todo. Aquí nos contentaremos con provocaros un poco, que para eso estamos. Y si no opináis lo mismo, pues le das a dislike y todas amigas.

El problema que se plantea normalmente sobre los límites del humor es el de la “ofensa”, con dos extremos contrapuesto:

  • Por un lado, aquellas del “todo vale”, todo chiste es válido y el humor no debería de tener límites porque caeríamos en un totalitarismo-fascista-malrollo-caca que nos impide expresarnos. La “libertad de expresión” lo puede todo y todo lo puede la “libertad de expresión”. Reducción al absurdo: “Vamos a contarle un chiste a Anna Frank sobre el parecido de un judío con alguna comida típica italiana que se meta en hornos; o mejor, vamos a darle una galleta con dentífrico a ese indigente sucio y apestoso de allí. ¡Qué gran idea he tenido, soy el puto amo!”.
  • Por otro, aquellas de lo “políticamente correcto”. Si un chiste ofende a alguien, está mal y hay que callarse. Rastreando dos minutos por internet encontré este artículo que dice simple y llanamente “Cuando usas una broma para “intimidar” (bully, como el restaurante) a una persona inocente (ostia con esto de “inocente” baidagüei), está mal”. Reducción al absurdo: “Iba a contar un chiste sobre caballos, pero había un caballo al fondo de la barra del bar y me pareció mal hacerlo”.

La reducción al absurdo de estas dos posiciones nos permite entender que a) Existe un límite del humor; b) Tiene que existir algún tipo de humor; y c) los caballos no tienen sentido del humor alguno. ¿Entonces, cuál es el límite del humor? Bajo mi punto de vista no puede ser el de la “ofensa” porque entonces directamente no existiría el humor o este sería tan plano como la frente de Fátima Báñez (perdona, Fátima Báñez, quería ofenderte más, pero no se me ocurrió la forma). Ya lo dijo Ricky Gervais hace poco: “just because you’re offended doesn’t mean you’r right”. Toda la razón. Que seas una persona susceptible con tu condición no te da el poder de decir lo que es gracioso o no a los 7 mil millones de personas que vivimos en el planeta tierra, ¿no? Henri Bergson, en su ensayo “La risa” dice que el humor es un acto social con un significado social, esto es, exige un contexto y también exige una cierta indiferencia, un distanciamiento de la sensibilidad y de las emociones más “a flor de piel” (no le des a este enlace, te lo advertimos). Por eso no está mal hacer un chiste de Echenique, que, por cierto, entiende esto del distanciamiento a la perfección y él es el primero que se ríe de sí mismo en cuanto persona en silla de ruedas o con atrofia muscular espinal (de hecho, hasta ahora que lo he buscado, no sabía ni lo que tenía ni el tipo de enfermedad que era. El chiste me ha llevado a conocer, fíjate tú). Punto para Echenaik.

Vaya, nunca me había fijado en ese pequeño detalle… ¡Los de la Cope utilizan grabadoras! Fuente: paint e imaginación a las 11:34 de la noche en Mordor.

Intermezzo: otra cosa es que tú mismo utilices tu propia condición para sacar provecho en un contexto en el que se aplauden estos actos onanistas. Un ejemplo que descubrí hace poco y que a lo mejor conocéis es el de Ricky Berwick (enlace aquí, no voy a promocionar esta mierda. Si queréis verlo, que sea en otra página). Uno puede reirse de sí mismo, pero en mi opinión esto en concreto es humillante. Esa idea de que uno sí que puede reirse de sí mismo por su propia condición aunque sea a costa de degradarse como ser humano a mí personalmente me parece absurdo y que además humilla al resto del colectivo contigo. El humor también tiene sus calidades y su crítica. Pero, ¿veis? esta es la belleza del humor, poder reirte o no y debatir el por qué con tus colegas o con el cuñado. (En cambio, me hace gracia ver a Zapatero luchando contra su inglis).

¿Cuál es entonces el límite del humor que os voy a imponer yo a vosotras? Yo imponer ninguno, hacer lo que queráis con vuestras miserables vidas que ya se encargará Wu Ming de meteros en un gulag. Pero el límite del humor que defenderé es aquel que se subordina a las relaciones de poder (Foucault, ¡te elijo a ti!). Esto es fácil de entender, el humor que no permitiré es aquel que normalice situaciones de poder entre grupos dominantes y grupos subalternos. El humor, como dice Zizek, nos confronta con el trauma en situaciones extremas y permite subjetivar a distintos colectivos subalternizados, pero solo si esto se hace “de abajo arriba y nunca de arriba abajo” como diría Brigitte Vasallo.

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Humor sin humor pero con doble de humor deshumorado. Fuente: ¡Cuánta razón!

Los chistes machistas son un ejemplo perfecto para esto. Cuando uno (masculino casi de forma exclusiva) hace un chiste machista lo que está haciendo es normalizar una relación de poder en la que un colectivo o ideología (los machistas y el heteropatriarcado) está subyugando a otro (mujeres o colectivos no cisgénero, dependiendo de si el chiste es sobre la mujer limpiando la cocina o el marica que le gusta mamar pollas o el trans que tiene pito y tetas). Reirse es de alguna manera aceptar el mensaje oculto de dominación que se esconde detrás del humor y del chiste y si me rio de un chiste sobre la regla de la mujer estoy normalizando una caricaturización de la esencia de mujer que mantiene su estatus inferior a otros colectivos, en este caso, el de los hombres heterosexuales (negros, blancos, rojos, al punto de nieve…). Nada que decir de Jorge Cremades y su sketch sobre el rapto de una chica (y violación que no vemos; otra vez, me niego a poner un enlace voluntariamente). Y extiendo esto a todos los colectivos subalternos: LGTBQ, negros, nativos americanos… El ejemplo del Caranchoa: un niñato burguesito intentando mofarse de un trabajador en cuanto trabajador para que otros imbéciles le rían la gracia. Elitismo y clasismo en la vena porfavordameyadeeso.

Y es que, la ideología, está escondida (y es caca), y se esconde en zonas grises que hay que ir deconstruyendo y sacando a la luz mediante el debate y la crítica. Hace poco, Brandine tuvo la ocasión de polemizar sobre este tema con un chiste supuestamente inocente de arqueología pero que, bajo una pequeña, atenta y necesaria mirada feminista se descubrió que lo que hacía era normalizar una idea de mujer subordinada a un estereotipo construido desde la masculinidad (enlace aquí). Y no nos engañemos, la gente que viene a defender que “es un chiste inocente” o que “somos unas exageradas” es básicamente gente cuyo estatus del poder está siendo cuestionado. Por el contrario, un chiste sobre la monarquía lo que cuestiona es la propia esencia de la monarquía como sistema injusto e impuesto, y un chiste sobre la infanta es lo que menos que podemos hacer ante la J-O-D-I-D-A vergüenza que es que la justicia en un país “libre” y “democrático” deje libre a este ser. O tal vez no es tan libre y tan democrático. Si conseguimos esa reacción de desestabilización y de incomodidad con el humor entonces es una batalla ganada. Si además conseguimos transmitir conocimientos, sea de Arqueología o de lo que sea, mejor que mejor. A tope with the cope. Pero si lo que estamos haciendo es reproduciendo la dominación… Eso aquí, no.

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Deberíamos quemar la Moncloa y el Palacio de Justicia. Esto casi es una tragedia, más que humor.

Y como esta es la semana que nos asignan para ser feministas (no nos dejemos engatusar. El día para defender a la mujer trabajadora es cualquier día, simplemente este día nos permite unir voces y puños para dar un golpe colectivo más fuerte) dejamos un vídeo de Irantzu Varela (de donde saqué, por cierto, la frase de antes. Yo soy como Forrest Gump, “no soy muy listo, pero sé lo que es bistec”).

Max

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