El cine clásico envejece fatal

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Hoy en el GAS: el post que NO gustará a la gente de Blog de cine o Días de cine La gran Marma Mq vuelve a visitarnos para denunciar que nuestros “grandes clásicos del séptimo arte”, en realidad, tienen mensajes dignos de Forocoches o de un Álvaro Ojeda cualquiera. El gafapastismo actual también habla de estas obras como “cánones” que hay que admirar, pero veremos que estos “peliculones” nos remiten a un canon audiovisual impuesto (por intelectualitos blancos) y jodidamente patriarcal.

Mis padres siempre han sido muy cinéfilos, siempre han querido contagiarme ese afán por el séptimo arte y parece que algo han conseguido. Así las cosas, últimamente mi queridísimo aita me ha ido recomendando una serie de películas, una serie de clásicos que no-podía-dejar-de-ver. He de admitir que siempre me dieron mucha pereza (piedras de “cinéfilos serios” sobre Marma Mq), pero estos últimos años he intentado dejar esa vagancia a un lado, quemarla en la hoguera y darles otra oportunidad. Y el post de hoy, en definitiva, trata sobre esa oportunidad que les concedí a esos clasicazos.

Cabe decir que los cogí con mucho entusiasmo, ya que, cuando era más jovenzuela, películas como El Apartamento o Casablanca me agradaron mucho, incluso se situaron en el top ten de mi lista de películas favoritas. Pero no olvidemos que, cuando digo jovenzuela, digo inconsciente, y con lógicamente algún par de grados menos de cultura. Y sobre todo, mal me pese, de cultura feminista. Hace tiempo que considero que llevo puestas las famosas gafas moradas y que difícilmente (por no decir que es una tarea imposible) algo o alguien pueda quitármelas. Pero no nos desviemos y sigamos con mi experiencia cinematográficamente inquisidora religiosa.

Entrada en la veintena hacía un tiempo, empecé a tragarme esos grandes clásicos: volví a ver El Apartamento (1960), y me estrené con Eva al desnudo (1950), Con faldas y a lo loco (1959), Ciudadano Kane (1941) y Cabaret (1972); y algo en mi percepción sobre estas películas cambió… vaya que sí cambió.

Mi primera experiencia perturbadora y algo desagradable fue con Eva al desnudo. Y siento spoilear, pero la película trata, en resumidas cuentas, sobre una mujer que se aprovecha de los hombres y de su dinero para llegar a lo más alto, pisoteando sin piedad a sus más cercanos amigos con el objetivo de ser una gran actriz. Empezamos bien. Inocente de mi, intenté convencerme de que tal vez fuera una excepción y de que había sido testigo de un gran largometraje. ¡Maldita sea, no! ¡No me lo pareció! Eva al desnudo era la estereotipación perfecta de la mujer que busca al hombre rico y se aprovecha de dicha situación. Pero bueno, al final, debía seguir con mi lista.

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“Las titis buscan parné en bolsillos con olor a Brummel, tabaco y bofetones-al-llegar-a-casa (fuente)

Más tarde, me senté en mi butaquita azul y me dispuse a ver Con faldas y a lo loco. Según mi progenitor, muy divertida y “que me iba a gustar”. Además, aparecía nuestro queridísimo Jack Lemmon, que mi yo adolescente, muy por cierto, adoraba. ¡Uf! ¡Además Marilyn Monroe! ¡Esto tiene que ser un peliculón de los pies a la cabeza! Pues vaya… no lo fue, ya que, una vez más se repetía el mismo patrón. Sugar (Marylin Monroe), una chica de orquesta, una joven que amaba el mundo del espectáculo, soñaba con buscarse a un riquísimo hombre que la mantuviese y que le ayudase a conseguir su sueño. ¿Otra vez? ¿En serio? Cada vez me chirriaba más el asunto, y me fui dando cuenta del machismo añoscincuenta que encarnaban esas películas era real. Si usáramos los eufemismos de hoy en día, podría decirse que habían “envejecido fatal”.

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Con-chistes-facilones-de-hombres-travestidos-y-lagartas y… a lo loco
(fuente).

Lo mismo me pasó con Cabaret, una película veinte años mayor que las que llevo analizando, por cierto. Quien la haya visto, sabe que en este musical se da una clara cosificación de la mujer, y que, por muy histórica que intente ser (Alemania años 30, nazis y tal y cual), las mujeres seguimos siendo unas interesadas, unas promiscuas y unas cazafortunas.

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Años 30, revisados y regurgitados en los años 70 (ídem) (fuente).

Voy a utilizar el concepto “envejecer fatal” por no decir otra cosa ni ofender al personal. Soy consciente de que, para la época (años setenta, vaya, QUÉ MEDIEVAL TODO), pudieron ser grandes largometrajes, con unas técnicas, planos e interpretaciones magníficas para esos años. Pero, sorry and not sorry, huelen a machismo putrefacto. Muchas me echarán en cara que los tiempos han cambiado y que el feminismo, allá por esas lejanas fechas (que repito, no lo eran tanto), aún no había vivido un auge claro. Puedo estar medianamente de acuerdo (si no tomamos en cuenta la segunda ola del feminismo, movimientos post-68, etc., etc.), pero lo que aún no he oído, en este modernísimo siglo XXI, es una sola crítica al machismo (ni siquiera bien camuflado) de estas películas. Tanto cineastas como gente de calle siguen viéndolas como grandes ejemplos a seguir, como grandes y maravillosas producciones que cambiaron la forma de hacer cine. ¿Pues sabéis que? A mí, como mujer y ser humano, me ofenden.

Y sí, creo fervientemente que deberíamos aprender de estas películas, tanto de lo bueno como de lo malo, y ser críticas con ellas. Porque, muy a vuestro pesar, no fueron tan perfectas como pensáis y pueden ser ofensivas para esa otra mitad de la población que “se queja por todo” y “todo le molesta”. A esa población que le molesta que la juzguen, que la estereotipen, y que la etiqueten. Vaya locura, ¿eh?

Marma Mq

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