El Pato está que trina

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Semos carne de ideología: gente a punto de ser devorada por un pato de goma. Fuente: aquí

En esta época de democracias líquidas y significantes flotantes tardábamos ya (ay, pero la carne es débil) en escribir un post sobre uno de los iconos de nuestra realidad contemporánea: el pato de goma. ¿Qué mejor símbolo de la materialidad posmoderna? Pensadlo por un momento. Hace unos años un anuncio que no voy a reproducir reflejó la historia de un barco que transportaba patitos de goma y cuyo cargamento, cruel broma del destino, terminó cayendo al agua y flotando en el mar a la deriva. Los patitos recorrieron millas y millas y llegaron hasta todos los rincones del planeta. La acumulación de plásticos en el océano, la muerte de animales salvajes asolados por nuestros vertidos tóxicos, el cambio climático… ¿Quién se para a pensar en todo eso cuando mira los ojos vivarachos y el pico sonriente de un amarillísimo pato de goma?¿Hay que organizar un acto en la ría de Bilbao ? Pues toma vertido de patitos de goma (capitalism-welcome style). ¿Qué hay que capturar al público televisivo infantil? Metemos a Little Richard en una bañera a cantar una canción al pato de goma? Si es que así hasta el ISIS o la monarquía británica dan menos miedo!

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Contra el patoarcado, ¡ni un paso atrás! Fuente: aquí

Podríamos pensar, por tanto, que si en el futuro (aunque hay días en los que me pregunto vasisdás) alguna arqueóloga excavara en Lavapiés no vería con extrañeza el hallazgo de una suerte de capilla llena de patos de goma, o de representaciones de patos de goma. A nada que la datación fuera un poco imprecisa, me puedo imaginar los titulares: Encuentra evidencias que vinculan el origen del antropoceno con el culto al pato de goma. Vaya chasco se iban a llevar cuando indagaran un poco más. Porque claro, sí, culto al pato sí, pero las relaciones entre el resto de objetos (los contextos inmediatos de la representación del pato de goma) reflejarían un significado muy distinto. Hagamos un breve y parcial inventario de lo que se podrían encontrar esas arqueólogas del futuro: un pato de goma rodeado de angelotes con narices rojas, una mitra con un pato de goma, una figura de Cristo con un pato goma en el regazo, cuadros con representaciones a la deidad del pato… Se trataría, en fin, de una extraña combinación de simbología católica (postridentina y prevaticanosegundo) y patos de goma. Efectivamente, habrían dado nada más y nada menos que con el Paticano.

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Nótese el templo grequizante, oh emblema de la filosofía, en el fondo. Fuente: Los archivos paticanos

El Paticano es un proyecto de Leo Bassi, un actor que desde este pequeño rincón de Lavapiés reivindica un ateísmo nítido y lúcido. Se trata de una muestra clara de cómo a través de una cierta ocupación del espacio y de la transformación de una cierta materialidad se pueden echar por tierra los vestigios de siglos de opresión y represión. También de los peligros que eso entraña, porque ladran, claro, y a veces hasta ponen bombas, luego el tipo cabalga. Cada domingo, Leo Bassi, mitad obispo mitad polichinela, abre las puertas del Paticano para recibir a su público. El espacio, pequeño, se distribuye igual que si se tratara de una pequeña capilla barroca. Entre los bancos corridos y una multitud de claroscuros entre los que destaca el brillo amarillo del pato de goma, se eleva un pequeño púlpito desde el que el actor se dirige a las asistentes. El contexto es en sí mismo una crítica tan incisiva a las formas más oscuras de la religión (de la católica en particular, pero también de otras en general) que en su discurso tampoco necesita deslizar más que un puñado de alusiones directas a sus “competidores”. En su mayor parte, las homilías de Leo Bassi se centran cada semana en la reivindicación de los valores racionalistas y humanistas de alguna figura de referencia. Es, por tanto, más que una crítica: es una propuesta ética. Y como tal, por supuesto, es contestable en sus propios términos.

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Viene a decir que donde está la duda, está la libertad. Fuente: aquí

Lo cierto es que el Estado español lleva décadas arrastrando el lastre de su indefinición confesional (o, si se prefiere, de su aconfesionalidad catolizante). Décadas llevamos debatiendo que si la secularización esto, que si la reformulación secular del cristianismo lo otro… (pero claro, en una Unión Europa cuya fundación se conmemora con una visita al Vaticano, pues qué vamos a esperar). La semana pasada vivimos un último episodio con el ¿debate? sobre si se debe o no seguir retransmitiendo la misa católica los domingos por la mañana. Y es que encima por desgracia la discusión parece haberse limitado a eso, claro, a si la iglesia católica sí o la iglesia católica no. Y se esgrime como argumento a favor de que se mantenga la retransmisión de la misa el hecho de que sean varias las religiones que disponen de espacios propios en el ente público. Pero la cuestión no es esa, sino si resulta adecuado o no que organizaciones religiosas, sean del signo que sean, dispongan de tales privilegios. Y es que mientras no abordemos la cuestión en estos términos y nos enfrentemos a estas reliquias de nuestro pasado seguiremos sumergidas en este marasmo ideológico en el que la presencia de simbología religiosa en la televisión pública, en los colegios públicos, en la jura de los cargos públicos y, al revés, la presencia de representantes institucionales en actos religiosos, se nos seguirán presentando como fenómenos culturales: como tradición (sí sí, como los toros).

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Aunque bueno, también habrá que entrar en eso de deconstruir la Razón. Fuente: aquí

En este contexto, el Paticano representa un espacio auténticamente radical. No se tratar de una mera reapropiación/resignificación/rearticulación del significante “misa” (ahí te han dau, Laclau) o del significante “pato de goma” (con el que, a la luz de cuanto vimos en el primer párrafo, hay que tener mucho cuidado). Leo Bassi no solo se hace con la forma y la reutiliza para sus propios fines: la desfigura y, en último término, la desgarra. Su proyecto muestra cómo a través del espacio y la materialidad es posible habitar las formas, encarnarlas, no solo con el ánimo de dotarlas de un nuevo contenido o de rearticularlas en nuevos discursos, sino de romperlas. De profanarlas un poquito, vaya. Y que conste que esto no lo digo solo en relación a lo religioso (sobre todo después del artículo de Max de la semana pasada). Y que se puede/debe hacer también con el Pato.

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Pues eso. Fuente: aquí

En fin, quizá la  solución (en esta analogía que es y no es) pase no por retirar la emisión de la misa católica de la televisión pública, sino por exigir que cada domingo se retransmita también en directo desde el Paticano. “Habrá un día en que todos/ al levantar la vista/ veremos una tele/ que ponga libertad”, que diría el cantante. Habrá también un día en el que el pingüino que tenemos sobre nuestro televisor explote. Sabremos entonces (este post, claro, no podía sino tener un carácter mesiánico) que el momento habrá llegado y que habremos roto con las formas que nos anclan en el pasado. Mientras llega ese día, en fin, no dejéis de visitar el Paticano para que Leo Bassi os bendiga en el nombre del pato, del huevo y del espíritu ganso… pero tampoco os lo creáis demasiado. Y por si os pilla lejos, aquí os dejo esto.

El Perro de Chulainn

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