Streets of Philadelphia (II): Steve Buscemi, Dickens y la Penitenciaria Estatal de Pensilvania

Eastern State Penitentiary. Acojonando con su neogoticismo desde 1829. Cortesía de Bonicodeltó

Tras tomarse un vitamínico Philly Cheese Steak (una nutritiva comida vegana creada a comienzos de la década de los tristones años 30), Bonicodeltó sigue su paseo por la historia de los EEUyU, del bien común histórico y del capitalismo a través de las calles de Philadelphia. Todo va unido de la mano. En el anterior post, que se ha convertido en un éxito de crítica y público digno de Andy Kaufman, ya vimos cómo la creación de la nación que ha dado cobijo al  abuelo putero de Trump se había fosilizado en el tiempo y creado una imagen ligeramente desvirtuada con respecto a una realidad de explotación e intereses de clase. Hoy nos adentraremos en el complejo mundo de cómo esa explotación se mantenía y se gestionaba desde la exclusión y las materialidades de la represión: welcolme to Eastern State Penitentiary.

Amplía galería con bonita luz artificial. Cortesía de Bonicodeltó

En el GAS ya hemos hablado otras veces de cárceles y paisajes distópicos en los que la materialidad y la ideología e unen estrechamente para normalizarnos, para meternos en su rollo. Ya lo decía el calvo, que para generar un cierto concepto de “sujeto” y de “ciudadano” es fundamental tener paralelamente a un “no-sujeto” y a un “no-ciudadano” legal y simbólicamente constituido para que la máquina del sistema de explotación funcione. Cárceles ha habido desde hace algún tiempo ya; estrechamente unido al surgimiento del Estado y la represión de género y de clase. No somos muy modernos tampoco en eso. En el antiguo egipto se conocen los jeneretu (algo así como “sitios de control” o de “represión”) desde el Reino Antiguo. Una de las cárceles más antiguas conocidas arqueológicamente es la cárcel Mamertina, del siglo VII a.C., originalmente una cloaca (ya ves tú) y localizada en Roma. Entre los prisioneros famosetes de esa cárcel se encuentra Vercingétorix, que las viejunas conocemos por los comics de Asterix.

Pero fue con el auge de la Modernidad y del Capitalismo cuando las cárceles se extendieron cual hongos en tus pies después de darse una ducha descalzo en la piscina pública. Y la Eastern State Penitentiary fue una de las más famosas de su tiempo. Se abrió en 1829, en un momento de furia carcelina en el que las mentes pensantes decidían cómo era mejor tener reprimida a la peña y, sobre todo, cambiar su comportamiento, curarles de aquello que les hacía ineptos para la sociedad. Esta idea es clave para entender la diferencia con las cárceles anteriores; ya no era cuestión solo de apartar al sujeto, sino de cambiarlo y reintroducirlo en la sociedad una vez estuviera “curado”. George Orwell se hacía pajotes pensando en esto. En el caso de la Eastern, la filosofía -de origen cuáquero– era cambiar el comportamiento de los internos mediante el aislamiento y el trabajo (cuasi gratuito); el llamado “Sistema de Confinamiento”, el sueño húmedo de cualquier capitalista.

El modelo radial de prisiones, éxito absoluto en la colección de primavera del siglo XIX. Fuente: http://www.npr.org

La Eastern sigue un modelo radial diseñado por el arquitecto bebetés John Haviland, tomando como referencia esquemas precedentes de asilos y prisiones de Inglaterra e Irlanda. Su lema era promover “vigilancia, conveniencia, economía y ventilación” (vigilancia, guay; conveniencia y economía, vale; pero ¿ventilación? Seguro que apestaba, pero se me ocurren varias cosas antes que la ventilación, por ejemplo, “servilleteros extras”). Desde un centro en el que se sitúa una torre se controlan las siete galerías de prisioneros de forma constante en estrechas celdas en las que los prisioneros tenían su mesita, su camita y su vatercito. Como a Haviland no le gustaba mucho la idea de que los prisioneros se comunicasen -habría leído el conde de Montecristo (¡Bum! Anacronismo, el libro no se escribió hasta 1844, para que veáis lo que os podéis fiar de nosotras)- su paranoia constructiva hizo que cada váter personal tuviera su propia cañería. Pero como la represión y la resistencia van de la mano, los prisioneros conseguían aún así pasarse mensajes por las tuberías, lo que obligó a rediseñar varias veces el sistema de desagüe.

Estado actual de una suite nupcial de la Eastern. Cortesía de Bonicodeltó

La Eastern se convirtió en todo un modelo para las cárceles de todo el mundo. Las élites de muchos países entendieron que el sistema de confinamiento era un método güeno güeno para traer a las ovejas descarriadas al redil y de paso hacer que el contribuyente del que salía el dinero para construir las cárceles no se sintiera muy estafado. Pero siempre hay voces discrepantes. Ni más ni menos que Charles Dickens visitó la Eastern en 1842, atraído por la fama que tenía la cárcel. Sin embargo, no le debió de gustar mucho el rollo de tener a la gente aislada, calificándolo de “cruel y erróneo”. Charles Dickens, tú sí que molas.

Se tuvo que esperar un tiempo para que hicieran caso a Dickens. No sería hasta 1913 que el sistema de confinamiento sería abandonado en la cárcel filadelfiana. Justo a tiempo para recibir a uno de los prisioneros más famosos de todos los tiempos: Al Capone. El Alberto Fabra de la época pasó un par de años en la Eastern en la temporada 1929-1930. Pero como ni siquiera en eso somos originales, el tipo tenía comprado hasta el apuntador y tuvo toda clase de ventajas en su celda. Como podéis ver en la foto, el tipo aún en una cárcel del siglo XIX tenía un piso más grande que el 90% de las estudiantes españolas actuales. El capitalismo mola.

Celda de Al Capone. Conservada porque Al Capone mola y el resto de los prisioneros que pasaron por allí menos. Cortesía de Bonicodeltó.

La Eastern cerró sus puertas en 1970 –Andy Dufresne le dio a like a esto- y actualmente es uno de los sitios más visitados de la costa oeste usamericana. La visita no tiene desperdicio, nos cuenta Bonicodeltó. Para empezar, Steve Buscemi es el tipo que te susurra al oído los secretos de la Eastern. También se puede entrar en muchas de las celdas y, en un auténtico giro kitsch, puedes escuchar las canciones que, dentro de un proyecto artístico eligieron los prisioneros de cárceles de todo el país para reflejar sus sentimientos en la cárcel.

La visita cierra con toda una declaración de intenciones sobre cómo se entiende actualmente el sistema de prisiones de los EEUU. Básicamente: es demasiado caro y hay mucha violencia que hay que gestionar. Las alternativas: más inversión en educación, acabar con las injusticias en los barrios marginales mediante redistribución de la riqueza y expropiar los medios de produc… No, es coña. La alternativa es básicamente sistemas de represión más baratos, como tenerte retenido en tu propia casa o volver al sistema de que en las cárceles los prisioneros trabajen haciendo zapatos y collares de colorines.

¿Resistencia o forma sutil de represión? Proyecto artístico de uno de los últimos prisioneros de la Eastern. Cortesía de Bonicodeltó.

Como vimos en el anterior post, la historia de los Estados Juntitos es la historia de un país que nació sobre tres pilares: la esclavitud, la represión de clase y una maquinaria ideológica basada en la idea de que EEUU es el país de las oportunidades. Esta ideología penetra de forma sútil y continua en la población, haciendo creer que realmente “el hombre (por supuesto) hecho a sí mismo” y “dadme a los pobres” tienen un reflejo en la realidad. Pero la Eastern, como representante de los aparatos de represión de finales del siglo XVIII en adelante, muestran que hay una otra historia paralela al éxito de unos pocos, que es la represión de una gran mayoría. Para que nosotras nos convirtamos en “sujetos de derecho” es necesario que haya sujetos sin derechos, como recordatorio de lo que nos puede pasar y como forma para señalar lo que no queremos ser. La actual patrimonialización de las cárceles, y el caso de la Eastern es uno más, edulcoran la realidad brutalmente y no señalan precisamente esta idea, sino que remarcan constantemente la “necesidad” e incluso la bondad de estos sistemas de represión para que el “ciudadano de bien” pueda sentirse a gusto en sus casas.

Y de regalo, un clásico de Michael Moore. Hasta la vista.

Max

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