«La concordia fue posible». Arqueología de la Suárez-manía

Suárez poniéndote su mirada de cocodrilo. Foto cortesía de Max

Salvo que seas una ameba, un hikikomori o un gordaquer usamericano de los que salen por la tele, se entiende que sales a la calle alguna vez, aunque sea a buscar tabaco y pizza a la esquina a hacer runin. Y desde que pones un pie en la calle, ya hay ideología en todas partes. En la película de John Carpenter «Están vivos» (1988; aquí analizada por el rockero de la filosofía) un tipo descubre que poniéndose unas gafas puede ver los mensajes ocultos en los carteles de publicidad o los periódicos. Las calles son un bukkake de ideología que espera a ser deconstruído. En ello estamos. Y dos de los elementos que más ideología contienen son los propios nombres de las calles y las rotondas. Los primeros porque al nombrar un sitio también le conferimos unos valores. Por ejemplo, «Calle de mierda» inmediatamente nos remitiría a pensar en helados de chocolate. Las segundas, las rotondas, porque tienden a tener su propia materialidad (una escultura terrorífica, un engendro artístico o jardines de colorines) con mensajes subliminales, liminales y superliminales, como ya Soyuz Gorri tuvo a bien comentar en el pasado.

Ideología contra-hegemonizada a base de pegatas. Fuente: burbuja.info

Los nombres de las calles y las rotondas no son un capricho gratuito. Responden a una forma de concebir los valores, la economía política y la cultura de una sociedad X. En septiembre de 2014, siendo alcaldesa de la capital Ana «relaxincup» Botella, se inauguraba en Madrid la plaza Margaret Thatcher. La tipa, sin cortarse un pelo, declaró lo siguiente:

La alcaldesa de Madrid se ha referido a Thatcher como una persona «de talla histórica», «la gran líder del Partido Conservador británico de la segunda mitad del siglo XX», una política «transformadora», que «defendió los intereses británicos con ahínco pero participó en las grandes decisiones y acuerdos precursores de la Unión Europea de hoy» (Huffington Post, 15/09/2014).

Obviando, por supuesto, que Margaret Thatcher también fue la que destruyó las organizaciones sindicales, privatizó gran parte de los servicios públicos del país o dejó fuera del sistema de prestaciones sociales a cientos de miles de personas (además de que olía a pis y siempre fue así como viejuna. Sin maldad, conste).

Monolito de Adolfo Suárez inaugurando a dos políticos. Fuente: http://www.europapress.es

Vivimos tiempos jodidillos también para la derecha liberal del país y sus coleguis guapetes del «centro-izquierda». No nos engañemos; el libre mercado gobierna férreo quetecagasporlapataenergy, pero ya va costando cada día más que nos lo traguemos tan fácil y se tienen que poner imaginativos a la hora de colárnosla. Es en este contexto en el que figuras como la de Adolfo Suárez cobran sentido. Buenrollismo, transición política «pacífica», entendimiento de todas, meriendas-cenas en el jardín los domingos… Una mantequilla perfecta para que luego entre todo lo que tenga que entrar. La Historia leída solo por uno de los lados del dodecaedro y convertida en panegíricos que suenen bien a todo el mundo. Leemos solo «Transición política» pero no ruptura completa con el frasquismo. Leemos «libertad», pero no la entrada en el capitalismo salvaje con los Pactos de la Moncloa, que «estabilizaron» el país para que la mantequilla dejara paso a lo demás suave durante décadas. Leemos «amnistía» pero no el poder que legó a gentuza como Rodolfo Martín Villa… Adolfó Suárez. Pater de una Constitución sobre la que sus sucesores se han ido orinando sucesivamente. En fin, un personaje que dista mucho de ser una figura del consenso que pretenden vender.

Suárez mirando con lascivia un muñeco de cera: Fuente: http://intrahistoria.com

Anyways. Adolfo Suárez «dejó de ser» en marzo de 2014 y durante ese año se generó una Suárez-manía digna de un colocón de Rave alicantino. A lo largo y ancho de las Ejpañas se dedicaron unas pocas de calles (Valladolid, Burgos, Benidorm…), bibliotecas (Cádiz, Ceuta…), centros cívicos (Loja, Toledo…) o paseos (Santa Pola…). Tal vez el caso más significativo es el del Aeropuerto de Barajas, reconvertido por Orden Ministerial de Ana Pastor en Aeropuerto Adolfo Suárez de Madrid-Barajas el mismo marzo de 2014, cuando el cadáver del ex-Adolfo Suárez todavía estaba fresquísimo como los atunes Isabel. Para justificar tal cosa, querida por todas nosotras, la Orden dice lo siguiente:

El presidente Adolfo Suárez ha desempeñado un papel fundamental en la historia de España. Su estatura moral y su sentido de Estado han sido claves en el éxito de la Transición española y de la democracia. Su trabajo fue esencial para culminar uno de los mayores logros conseguidos por España como país: la Constitución Española de 1978.
Por ello y para honrar su memoria, son obligadas las expresiones de reconocimiento y respeto a la grandeza, el esfuerzo y al papel histórico del primer presidente de nuestra democracia (Orden FOM/480/2014, de 24 de marzo).

Y así, mágicamente, el aeropuerto con más pasajeros del país fue re-bautizado con el magno nombre de aquel-que-nos-trajo-la-paz. Ideología en estado puro. Otro caso interesante fue el de Vitoria-Gasteiz. El equipo de Javier Maroto (otro buenrollista de sonrisa de anuncio de pastas de dientes. Guapo, guapo como él solo) quiso apodar a la recién estrenada estación de autobuses como Adolfo Suárez. Pero se tuvo que contener las ganas porque toda la oposición política y la ciudadanía se le echó en contra. Y es que no hay que olvidar que el señor Suárez estaba al mando del gobierno cuando el «pequeño» problemilla del 3 de marzo. Se ve que el caballero blanco de enhiesta espada no era tan bueno después de todo.

Rotonda Adolfo Suárez en Salamanca. Foto cortesía de Max

Pero si hay un sitio en el que la Suárez-manía pegó fuerte, fuerte, fue en Salamanca. En la ciudad que dicen «La Blanca» ya existe una calle dedicada al presi de los presis y Ciudadanos quiere también ponerle un paseo, suponemos que por eso de que quitaron el medallón de Franco y los naranjas se quedan sin referentes políticos. Pero la joyita material del asunto es la rotonda que se marcaron en la zona al lado de la estación de autobuses, para que quien llegue a la ciudad sepa el buenrollito de derechas que hay allí. El monolito, inaugurado en diciembre de 2014 en plan solitario por el alcalde y el que fue Presidente del Congreso de los Diputados ya que se ve que a los demás no les molaría mucho ir por allí, es una construcción de metal de tres lados con el jeto del héroe y el lema «La concordia fue posible». Frase que está inscrita en la lápida de los restos de Adolfo y que haría referencia a la Transición.

Lápida de Adolfo Suárez y Amparo Illana en la catedral de San Salvador en Ávila. Fuente: abc.es

Pero concordia… ¿para quién? Nos quedamos con la frase de Manuel Fernández-Cuesta de que la concordia de Adolfo fue la de:

Aunar las tres familias ideológicas del último régimen, democristianos colaboradores del franquismo, poliédricos técnicos del Opus Dei y falangistas teñidos de azul, y acallar el rumor de sables eran sus principales objetivos.

Nombrar las cosas es ideología y es política. La calle es el espacio en el que más tiempo pasamos y donde más fácilmente recibimos ambas. Poner el nombre de una u otra persona (o de cualquier cosa) no es algo gratuito y viene acompañado de muchas otras cosas de las que tenemos que estar prevenidas. Adolfo Suárez fue un personaje de su tiempo. Y su tiempo (y él) significó la imposición de un régimen determinado que tuvo sus orígenes, de los que el propio Adolfo fue heredero, y sus consecuencias en el presente. Y personalmente no es eso lo que querría recordar cada vez que pasó por la rotonda. Al menos que hubieran preguntado, ¿no?

Max

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