Estado y aberración (II): El espacio pseudo-público

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Fuente: cnt.es

Volvemos con una nueva entrega de estado y aberración. Hoy hablamos de espacios espectrales: los espacio pseudo-públicos.En los últimos años, en determinados sectores de la arqueología se ha puesto de moda pensar que los estados viejunos low-cost (que no esos estados molones con sólidas maquinarias fiscales y con poderosos ejércitos Roman-style) eran una suerte de ficción espacial. Los reyes, carentes de la omnipresencia que los retratos han otorgado a los reyes ejpañoles en los barracones (a veces literalmente) del sistema educativo, se asomaban desde un alto al paisaje y, extendiendo la mano, decían a cuantos quisieran oírles: “Todo lo que baña la luz forma parte de mi reino”. Pero sabían que mentían. Y lo sabía también su séquito, y todas las personas que vivían bajo la pretensión de que aquellas tierras eran efectivamente su reino, pero que en la práctica, y ante la incapacidad del rey de hacerse valer en todas partes, actuaban un poco como les daba la gana. Llevado al extremo, el argumento roza el absurdo, sobre todo cuando se plantea como un contrapunto a la situación actual. Y es que hay quien lo sostiene desde la confianza en que, a diferencia de los estados viejunos low-cost, los estados contemporáneos han dejado de ser una ficción y se han convertido en sólidas instituciones capaces de llegar a todos los rincones de su territorio (y viva el estado de derecho y tal). Y yo les digo que molt bé, pero que se lean a Bourdié.

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Fuente aquí

 

Desde otra perspectiva, sin embargo, quizá convenga prestarle un poco más de atención. Pensemos, por ejemplo, que hoy en día, la mayoría de nosotras salimos a la calle sin preocupamos demasiado por las normas que rigen en los espacios por los que transitamos. Asumimos que existen unas ordenanzas que regulan lo que se puede y no se puede hacer y no le damos más vueltas. Y es que la idea de ciudad, como producto de la modernidad, se asocia a la presunción de que el espacio urbano es, desde el punto de vista normativo, homogéneo (algo, por cierto, sobre lo que quizá Manuel Delgado podría hacer alguna que otra precisión). Homogéneo no quiere decir que todo sea uno y lo mismo, sino que a las distintas escalas normativas que se superponen sobre el espacio urbano (la local, la regional, la estatal, y sí, la europea también), se les reconoce una autoridad pública (corrupción, privatizaciones, externalizaciones y déficits democráticos aparte, claro). De ahí, por ejemplo, que la lucha contra las ordenanzas municipales y la burrorrepresión haya guiado en los últimos años parte de la lucha por reconquistar los espacios públicos, en tanto en cuanto se entiende que son los ayuntamientos los que, de manera más inmediata, regulan sus usos.

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Fuente: cnt.es

 

El problema, sin embargo, es que en determinados lugares esa presunta homogeneidad no es tal o está dejando existir. Hace unas semanas se publicó en The Guardian un artículo que daba cuenta de la creciente privatización encubierta de espacios públicos. No es que no se supiera que estas cosas estaban ocurriendo. Ya en 2011, Occupy London se instaló inicialmente en una plaza junto a la bolsa de Londres. Resultó que la plaza era propiedad de Mitsubishi Estate Company, que decidió cerrarla, forzando así al movimiento a instalarse frente a la catedral de Saint Paul. Lo que no se conocía hasta ahora era la dimensión de este problema, que como muestra este mapa es bastante significativa… y va en aumento.

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Agentes londinenses en plena defensa de la propiedad privada y el estado, poniendo de manifiesto que mucha policía, poca diversión. Fuente: esta

 

Precisamente, una de las claves del problema es que estos espacios, que han crecido al calor de grandes desarrollos urbanísticos ejecutados por empresas privadas al amparo de la municipalidad, son, en gran medida, invisibles. Adoptan la forma de un espacio abierto cualquiera en el que, aparentemente, se permite el libre tránsito e incluso muchos de los comportamientos que habitualmente asociamos a estos lugares. Ahora bien, en el momento en el que alguien inicia una protesta, o una persona sin hogar decide echarse a dormir, o cualquier otra realiza alguna actividad que la empresa propietaria considera inadecuada (como, pongamos por caso, preguntar por la normas que regulan el uso de estos espacios), esa norma invisible se materializa en guarda de seguridad.

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Imagen de Canary Wharf, del Canary Wharf Group, en Londres, realizada por John Law. El auto de la fotografía fue expulsado por guardas de seguridad. Fuente: The Guardian

 

Esto no ocurre solo en Londres. En Belfast, por ejemplo, una compañía inglesa pretenda llevar a cabo un proyecto similar. En Hamburgo también existen este tipo de espacios e incluso se señalan, aunque el hecho de que se advierta de ello no hace que la privatización de los mismos sea menos preocupante. En fin, quizá convenga recordar que de acuerdo con el plan de Ana Botella, la Operación Chamartín, de la que también hemos oído hablar este verano, iba a ser gestionada directamente por empresas privadas.

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Desde Belfast, animando a leer más al GAS. Fuente: savecq

 

Si Londres fue alguna vez un espacio público, hoy se asemeja cada vez más al queso con gusanos de aquel molinero italiano del siglo XVI. En eso podrían convertirse otras ciudades. Ciudades en las que bajo el espejismo de la modernidad se construyen espacios que recuerdan en cierta medida a los estados viejunos low-cost: entidades políticas que articulan intereses privados bajo el espejismo de la homogeneidad. Y esto, por supuesto, no es algo que se esté dando tan solo a escala local: afecta también a la naturaleza de los propios estados (Sassen dixit).

Así las cosas, quizá merezca la pena que iniciemos una investigación en nuestros espacios abiertos (ya no diré públicos, por si acaso) más cercanos. Y visto que una protesta política es la forma más efectiva de comprobar a qué autoridad responde el cuerpo represivo que viene a expulsarnos, quizá lo suyo sea empezar a probar, plaza por plaza, a ver qué es lo que pasa.

El Perro de Chulainn

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