Streets of Philadelphia (y IV): cuando el Rocky supera a la ficción

Sí, son jóvenes sacerdotes bajo la estatua de Rocky. Sólo esto da para post.

Bueno, bueno, bueno. Y después de casi medio año escribiendo esto para que casi nadie lo lea nuestro paseo por las calles de Philadelphia toca a su fin. Un paseo que nos ha llevado por el nacimiento de una nación (tan racista como la película de Griffith), por sus formas de represión subjetiva a través de la cárcel y de represión objetiva neoliberal mediante la gentrificación southparkiana y que hoy nos desembarca en la re-creación de una memoria a través del bien común histórico.  Afortunadamente, hoy nos acompaña alguien que sabe de verdad de lo que habla: Robert “Rocky” Balboa. ¡Que entre el pus!

No podíamos no poner esta canción, pero versión Peter Griffin.

Robert “Rocky” Balboa nació el 6 de julio de 1946 en la ciudad de Philadelphia, donde el queso de untar. Como dice su biografía oficial, comenzó a boxear a los 15 años de edad porque su padre le dijo que “no tenía cerebro”. En 1975 Apollo Creed, el campeón de los pesos pesados, combatió con él porque le llamó la atención su apodo, el “semental italiano” (para quién no lo sepa, Silvester Stallone empezó en el porno con un peliculón… que ha visto un colega). Después de esta batalla épica, Rocky Balboa se convirtió en un ídolo del boxeo que le llevó a ser casi tan bueno como Ivan Drago, el mejor boxeador de todoslostiempostelodigoyoquesédeloquehablo.

Más allá de los documentales que son Rocky I-V, este personaje se convirtió en un símbolo (muy masculinizado, todo hay que decirlo) tanto de la clase trabajadora suburbana de las grandes ciudades como de la propia ciudad de Philadelphia. Tal es así que no se puede pensar el personaje sin la ciudad… y viceversa. ¿Quién no recuerda ese mítico subir las escaleras del Museo de Arte de Philadelphia? ¿Quién no lo ha imitado subiendo los cinco escalones de su casa dejándose medio pulmón en el camino pensando que debería dejar de fumar? Puede que los millenials no, pero todas las que tenemos 80 años o menos nos sentimos identificadas con este tema. Tal es la vinculación entre la ciudad, este edificio y la figura de Rocky que han quedado no solo simbólicamente unidos, sino también materialmente: a los pies del museo se puede ver una estatua de Rocky, que ya es todo un fenómeno turístico de la ciudad, visita obligada, más que el museo que ya dice mucho.

Wu Ming flying like a bird. El museo este del que hablamos de fondo. Foto cortesía de Max

La estatua de bronce se hizo en 1982, como parte de la promoción y rodaje de la película Rocky III. Se hicieron cuatro copias; una que se vendió por 1 millón de pavos, otra que está en San Diego, otra que se encuentra en… Zitiste, Serbia (ya ves tú), y la que ahora podemos ver a los pies del museo. La historia de esta última tiene algo de tela. El primer sitio en el que se colocó, para el rodaje de la peli, fue en la parte de arriba de las escaleras. Tras la filmación, hubo quién quiso dejarla ahí, pero los de cultura del ayuntamiento dijeron que aquello no era “arte”, así que se llevaron la estatua a un estadio, el Philadelphia Spectrum. Este tránsito entre el museo para rodar pelis (para los cinefanáticos, para el rodaje de Rocky V y Philadelphia, la peli en la que Tom Hanks es el novio de Antonio Banderas… pobrecito, por ejemplo) y el estadio se repitó otra vez. Sin embargo, a la peña no le gustó que se la llevaran de nuevo. Hubo un debate muy serio en la ciudad y finalmente se pidió que se quedara en el museo, donde se instaló en 2006 en la ubicación actual (una versión extendida de esta historia aquí).

 

Os juro que uno de los dos no es de verdad… pero no sé cual. Fuente: http://www.pophistorydig.com

El tema de la estatua de Rocky no es ninguna broma. Es oficialmente una de las atracciones turísticas más populares de Philadelphia. Ni que decir tiene que no todos los visitantes van a ver el museo (donde, por cierto, se expone “La Fuente” de Duchamp). De hecho, es divertido ver que a menos de 10 metros hay una copia de una estatua griega de bronce que no va a ver ni Yisuscraist. Pero más allá de consideraciones elitistas y clasistas, es interesante ver como la ficción supera a la realidad a la hora de crear simbolismos y nuevas materialidades. Un ejemplo “viviente” de lo que Baudrillard llamó “hiperreal“, la confusión entre realidad y su simulacro: la confusión entre una Philadelphia real y una Philadelphia recreada en una película que acaba por ser más real y presente, incluso a través de lo material. Philadelphia es Rocky y Rocky es Philadelphia. Que le den por saco al museo, a Duchamp, a la gentrificación y a su pastelero padre.

Un ejemplo de hiperreal. Fuente: tu peor pesadilla

Y, con esto, niños (aka, los cuatro que hayan leído esto. Hola mamá, pobrecita, como me quieres, ¿eh?), se acabó lo que se daba. Esperamos que este paseo por Philadelphia os haya enseñado que hay mucho que mirar en las ciudades, solo hay que ponerse las gafas adecuadas… o ir muy pedo. Como el eterno retorno de Niche, os dejamos el vídeo de Brus para despedirme. Agur.

Max

 

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Un comentario en “Streets of Philadelphia (y IV): cuando el Rocky supera a la ficción

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