Arqueología de un re-encuentro literario

Atentas que viene duro. Fuente: pinterest.es

La Arqueología es muchas cosas. La más obvia sería que es una cencia. Alguna posmo dudaría de que esto sea así, pero nadie dudaría de que la Arqueología produce conocimiento, aunque este sea de matriz colonial (Walter Mignolo dixit). Desde Howard Carter hasta Iker Jimenez todos hacen Arqueología a su manera. La Arqueología también es una metodología que va desvelando capa a capa lo que se esconde detrás de algo: una estratigrafía, un yacimiento, un discurso o una imagen. Foucault, por ejemplo, ya utilizaba esta metáfora arqueológica en su sentido genealógico para deconstruir las raíces del saber-poder de la modernidad. Pero la Arqueología también puede ser una forma de mirar realidad cotidiana, destapando lo que no-está-ahí, lo que no se percibe directamente. Y según que adjetivo le pongamos a la arqueología -marxista, feminista, colonial, racista- se verán las cosas de un modo o de otro otro. Por ejemplo, quien ha estado en una excavación empieza a mirar los agujeros en el suelo de otro modo, al igual que se mira un edificio de forma distinta después de hacer arqueología de la arquitectura. A quienes nos dedicamos a esto, nos encanta.

Hoy estaba leyendo en el parque un libro de cuentos, y cuando terminé uno me dio por mirar las primeras páginas y me encontré con esto:

A primera vista tampoco es tan llamativo. En la biblioteca pública de la ciudad donde mi parte de Wu Ming reside actualmente tiene la maravillosa política de que, para hacerte socia, tienes que donar un libro. Ni carnets, ni leches en vinagre; contribuir a la reproducción de la lectura con un libro. Curiosamente, los guardianes de la biblio escriben tu nombre en la primera página del libro donado, seguramente como un ejercicio de preservación de una memoria. Ejercicio inútil en este caso (¿qué más da la persona que lo ha donado?) pero de alto valor simbólico: la persona en particular se siente en parte madre de ese paritorio de ideas. Es bonito, ¿no? Pero en este caso particular, en el libro no sólo se consigna el nombre, la fecha de donación y el sello de la biblioteca, como marcas de una identidad única e imborrable. También aparecen tres datos que nos invitan a sugerir toda una biografía cultural y existencial de la(s) dueña(s).

El primero es el precio, arriba a la derecha. «7,50». Este precio no cuadra ni mucho menos para el país en el que estamos, en el que en moneda corriente ese precio equivaldría a la mísera cantidad de 0,36 euros. La lectura está infravalorada, pero tal vez eso sea excesivo. Lo más probable es que el libro haya llegado proveniente de otro país, posiblemente España, dado que la edición (dato que aporto) es de la colección Austral, de la empresa editorial Espasa Calpe, radicada originalmente en Barcelona pero con imprentas en Madrid, concretamente en Pozuelo de Alarcón, de donde salió este ejemplar. Tenemos, por lo tanto, un libro llegando de allende que en aquende acabó en una biblioteca pública de una capital de provincia.

Pero lo más interesante viene de mano, y bolígrafo, de dos personas distintas. En la parte de arriba vemos, en letra verde, la fecha «30 de noviembre de 2014», tres misteriosos puntos y un asterisco en el margen derecho de la hoja. La fecha podría responder, sin problemas, a la fecha de adquisición del libro, si bien estaría algo descuadrado de la fecha de impresión (2007). Siete años que tal vez el libro estuvo en una estantería de una o varias librerías o, quizá, en manos de alguien que lo traspasó a quién finalmente consignó la fecha. El significado de los tres puntos se nos escapa casi por completo, como un graffiti indescifrable de una pared derruida o los misteriosos signos de las cuevas pintadas del Paleolítico del Cantábrico. ¿Una forma de marcar el final del acto de apropiación que es la fecha y, por lo tanto, el inicio de la lectura? ¿o quizá un inicio de otra marca que quedo incompleta? O mejor aún, ¿una poética forma de dedicar un libro, como un llamado al misterio de si al receptor del supuesto regalo le gustará o no el libro que va a coger entre sus manos? Y el asterisco… signo matemático y de computación de múltiples significados… quizá una estrella…

Pero lo más enigmático y la razón por la cual os aburro con este texto que leerán unas pocas valientes es el tercero de los estratos. «Por un re-encuentro. 21/5/16″… 18 meses después de que la primera persona consignara la fecha de (supuesta) recepción del libro, otra persona totalmente distinta -no sólo el uso de otro color de bolígrafo, sino también la  infantil forma de escribir la «e» o la «n» o la forma en que junta las letras a modo de letra cortesana de época moderna- dedica, esta vez con un mensaje claro y sin signos confusos, «por un re-encuentro». Las posibilidades se  nos multiplican. Una primera opción, más optimista, podría ser la de un amigo que ha vuelto a ver a otra persona que hace mucho que no tenía el placer de tener presente y el libro es el totem mágico que simboliza ese «re-encuentro».

Pero también se presenta la otra opción, la opción pesimista. Palabras que no plasmarían una feliz realidad sino un deseo. No un re-encuentro físico sino la posibilidad futura de ese re-encontrarse. Encontrar, del latín in contra, que originalmente se refería a salir al encuentro; salir de un ser-estado para encontrarse con otro ser-estado. Re-encontrar, volver a salir de un estado perdido que quiere recuperarse, volver a ser, re-encontrarse. No sería muy disparatada la idea de una persona amada que ha recibido ese libro como plegaria a un posible re-encuentro tras lo que debió de ser el encuentro iniciático. ¿Y si la primera persona, de escritura verde y de letras separadas fuera la persona que quería reencontrarse con otra persona? En esta hipótesis, los tres puntos adquirirían un significado temporal, separando la distancia del encuentro y del re-encuentro.

Optimista o pesimista, el final de la historia, marcada por la última fecha disponible para datar la biografía cultural de este libro, su estratigrafía particular, nos señala una tragedia. Tanto si el libro fue un símbolo de reciprocidad entre dos conocidos que forjaron una amistad como si es una ofrenda en busca de un re-encuentro amoroso, el libro fue finalmente donado a la biblioteca pública en agosto de 2016, únicamente tres meses después de la rúbrica re-encontrada. Una pérdida, un vacío, como un yacimiento ya excavado en el que las Unidades Estratigráficas han desaparecido en favor de fichas consignadas en un informe organizado, limpio y objetivo. Y en el proceso se perdió toda una materialidad que ya no será recuperada. Una amistad. O un amor. No en vano se nos dice en la carrera que un yacimiento es como un libro en el que se van arrancando las hojas a medida que se leen.

Cierro el libro y me voy a casa pensando en esto que estoy escribiendo, tentada de dejar mi propia huella en la historia de este libro de cuentos. Pero frente a lo que el método arqueológico ha desvelado, creo que cualquier cosa que haga, incluso escribir esto que se está leyendo, sería banal. Como diría Patrick Bateman al final de American Psycho: «This confession has meant nothing«.

Max

 

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