Opiniones (calmadas) sobre las JIA. Congresos, cacicadas y cencia crítica

Yo hablando con la única persona a la que le interesan mis opiniones. Fuente: http://www.philmology.com

Escribo este post con mi nombre y sin pseudónimos porque creo que en ocasiones hay que saber quién está detrás de una opinión. Es más fácil para insultar, aunque me salte una de las normas de Wu Ming sobre el anonimato. Os traigo esta chapa como parte de la propuesta del GAS para «el circo de Harris» porque creo que puede surgir un debate muy sano y productivo sobre muchos aspectos (o no, yo que sé). No sé si los trataré todos aquí (espero que no porque soy muy chapas) pero ya quedará tiempo para tirarnos heces en las redes sociales, en los comentarios o en los bares. Y escribo esto porque también creo que es necesario. Para mí, como para muchas otras personas, las Jornadas de Jóvenes Investigadores en Arqueología han representado mucho en mi vida académica y personal y hay cosas que deberían ser discutidas. Lo que digo aquí va a ser bastante complementario de lo que ya firmé en su momento y que todavía podéis encontrar aquí (mu majetes los de change.org, por cierto).

 

Lo primero es recordar de dónde vienen las JIA. Estas jornadas no nacieron por combustión espontánea sino que forman parte de un contexto muy particular en el que se juntaron tres cosas. En primer lugar, un contexto científico general con un número muy elevado de becarios predoctorales como consecuencia de un aumento coyuntural del gasto público en investigación en España (2009 marca el techo histórico en inversión en I+D+i). En segundo lugar, un contexto académico en el que en la península ibérica (Portugal incluida, no nos olvidemos) existía ya una importante tradición teórica crítica a la que se le sumó la presencia cada vez mayor de personas con perspectivas teóricas dentro de las arqueologías críticas marxistas, feministas y/o poscoloniales (el libro de Víctor Fernández es de 2006, por ejemplo y en Arkeogazte publicamos un número monográfico en 2012 que demostraba una joven generación con ganas de teoría). En último lugar, un contexto departamental en el que había pelas para gastar en congresos de jóvenes investigadores. No es casualidad que durante aquellos años surgieran como esporas este tipo de encuentros en distintas ramas de las Humanidades (si no me creéis, tirad de Google). La conjunción de estos planetas hizo que entre los años 2008-2010 (recordémoslo, los años jodidos de la quiririsis), los departamentos de prehistoria/arqueología de la Complu (las compas de Orjia) y de Barna (el colectivo Estrat Jove) -lo cual tampoco es casualidad- decidieran dar un paso adelante en la organización de las primeras JIA.

Como creemos que es un congreso. Fuente: thinglink.com

Y estas JIA nacieron con un propósito determinado: ser una alternativa al modelo de congreso vigente, mainstream y estandarizado. Modelo que todas las que nos dedicamos a esto conocemos y que consiste, normalmente, en un número interminable de comunicaciones (usualmente más  casposas que un artículo de Pérez Reverte) en las que cada una hacía su Paco Umbral particular -que en jerga congresil es «hacer un tell & go»– y donde el intercambio real de ideas y de debate teórico era, como poco, escasito. Congresos que por lo general sirven para justificar proyectos y malgastar dinero público. Por lo tanto, las JIA nacieron para no ser un modelo de congreso (de jóvenes investigadores) que ya existía y que, en el fondo, normalizaba una forma acrítica y engañosamente positivista de ciencia. Se trataba de ser una reunión basada fuertemente en el intercambio de ideas, el debate y la reflexión teórica en torno a las arqueologías críticas con una perspectiva potencial de praxis social, de acción sobre la realidad social. Es su marca, su esencia, su olor, lo que algunas personas llamamos «el espíritu de las JIA» como un mantra hinduista. De este espíritu nació el famoso Decálogo del año 2009 como intento de mantenerlo y sostenerlo en el tiempo.  Decálogo que, evidentemente, no es una piedra inamovible (lo mismo que una Constitución de 1978. Ejem), pero sí que contiene algunos elementos que, de quitarlos, haría perder la esencia de lo que son las JIA.

Como son realmente los congresos científicos. True story. Fuente: Funnyjunk

Dicho esto. Algunas reflexiones en torno a aspectos concretos:

  1. Las JIA tienen que fomentar el debate sobre todas las cosas, amén. ¿Y esto cómo se hace? Potenciando aspectos como mesas de debate con aportaciones específicas por encima de las «sesiones tradicionales» basadas en comunicaciones (ver segundo punto); generar mesas de debate y sesiones que no sean muy generales (ejemplo ficticio pero cercano a la realidad: «El barrillo entre los dedos: nuevas investigaciones sobre la cerámica mundial»… ¡Error!) de tal manera que se traten puntos específicos sobre temas excesivamente generales; desarrollar madurez académica e intelectual para presentar comunicaciones de 10 minutos y no brasas de media hora (y lo dice uno que en las V JIA soltó una chapa de 25 minutos sobre arqueología medieval… Pero de todo se aprende); saber moderar el debate  e incitar a la participación y a la polémica, etc. y, como un punto fundamental…
  2. Gestionar jornadas que no sean monstruosamente grandes. La tendencia en las últimas JIA y que ya se viene rumiando desde hace tiempo es que haya montones de sesiones y mesas redondas bajo el espíritu de que hay que aceptarlo todo. En las JIA de Burgos del año pasado hubo nada menos que 18 sesiones, 6 mesas redondas y 4 workshops. Hay que tener filtro (como cuando vas a pedir droga. No te ansies que se te va de las manos) y esto es fundamental que se gestione entre el Comité Científico y el Comité Organizador, que son los que eligen el número final de sesiones. Tampoco estoy del todo de acuerdo con el formato de las V JIA de Santiago, quizá la más cercana a este modelo y que únicamente estuvo basada en mesas redondas, por una razón: creo que de esa manera se pierde a muchísima gente que puede aportar cosas interesantes a las JIA y que puede aprender. Una de los recuerdos más bonicosdeltó que tengo fue una chica que en las JIA que organizamos en Vitoria me dijo: «Pues todo el mundo me decía que las JIA son una secta y he descubierto que no lo son». Si solo hubiera habido 6 mesas redondas de 5 comunicaciones como hubo en Santiago, mucha gente como esa chica no hubieran venido. Es un viejo dilema: hay que estar contra el sistema pero en el sistema. Y mucha gente si no presenta su comunicación y se lleva su título no va a los sitios, pero si no va a los sitios tampoco compartirá experiencias que puedan hacerle cambiar de opinión De ahí que siga defendiendo el modelo que tuvimos en Vitoria de sesiones tradicionales y mesas redondas paralelas. Un total de 12 en aquella ocasión y que ya estuvo en el límite del bien y del mal (ahora, bien que nos conocieron en los bares de Kutxi…).
  3. El dichoso debate de los doctores. Esto fue una cosa que siempre se estableció como condición sine qua non para hacer unas JIA y creo sinceramente que es un error dejar que haya doctores, sean de hace dos años o de hace un mes. La razón es obvia: lo que se persigue es la mayor independencia para el libre intercambio de ideas entre los investigadores predoctorales, lo más alejados posible de las fuertes normalizaciones que impone la academia. Un argumento que he escuchado es del tipo: «pero es que los datos que presento son de MI (el uso del posesivo aquí es algo sobre lo que habría que pensar un poco) director de tesis. Tengo que incluirle». Mi respuesta es, «pues es que deberías aprender a pensar por ti misma». Las JIA no se trata de «presentar datos», que para eso te vas a tu «Congreso Internacional Chachi de Datos Sobre un Tema Particular 2018 celebrado en Ciudadcliché (CICDSTP 2018)» sino de reflexionar colectivamente sobre temas más allá de TUS (posesivo again) jodidos dos huesos en el nivel ostiaputa del yacimiento cagoensós. Para eso ya tenemos los congresos más específicos en los que puedes presentar tus dos cerámicas, que seguro que son muy bonitas y revolucionan la forma que tenemos de concebir la Arqueología. Y se trata de una reflexión colectiva de los jóvenes investigadores, no de TUS (onemoretime) directores de tesis. (Por cierto, lo de invitar a Revilla a las jornadas… pues ya tal y no me meto por no entrar en ochocientos temas).
  4. Revilla con una joven investigadora en Arqueología. Fuente: el siglo XX

  5. La organización institucional de las JIA. Uno de los errores que se cometieron desde el inicio de las JIA fue no dejar claros los papeles y roles de los distintos «órganos» que componen estas jornadas. Errores de novatos (y total, como acabamos doctorándonos, dejamos el marrón a otras personas. Yo el primer culpable). De esta indefinición se han llegado a confundir los roles del Comité Científico, del Comité Organizador y de la Asamblea (que en ningún sitio se específica quién la compone, por cierto). Esto es algo que habría que corregir, creo yo, en la siguiente dirección: Comité Científico –> garante de que se cumplan los requisitos de las JIA y de que haya continuidad en las jornadas; Comité Organizador –> garante de que las propias jornadas tengan sesiones que fomenten el debate; Asamblea –> espacio de debate colectivo de todos los asistentes a las jornadas y elección de la siguiente sede.
  6. Y en este sentido, limitar el papel del Comité Organizador. La corrección de los abstract en un congreso como las JIA, como ocurrió el año pasado, es un sinsentido. Es cierto que se hace en otros congresos (yo lo conozco, sobre todo, para los congresos de arte prehistórico. Y tampoco le veo mucha lógica… o aceptas una comunicación o no la aceptas. Pero no la corriges, lo cual es un poco normalizador, ¿no? Vamos, que se puede decir lo que exige un Comité Científico elegido a saber cómo), pero no tiene ningún sentido en este espacio. El papel de controlar qué comunicaciones o aportaciones se presentan en una sesión o mesa redonda es papel único y exclusivo de las coordinadoras de la sesión, que son las que tienen que velar porque haya un número de comunicaciones adecuado (y no quinientas mil como ocurre a veces), que haya debate y que se presenten cosas con relación e interés para el tema de la sesión. De lo que tiene que encargarse el Comité Organizador es de asegurarse de que haya sesiones donde presentar cosas. Ejemplo: en las JIA que organizamos en Vitoria tuvimos que proponer y buscar gente que presentara sesiones interesantes; de aquella surgieron por ejemplo las sesiones de arqueología contemporánea que hubo.

    Pitita Ridruejo aprueba este post. Fuente: el siglo XIX

  7. Elección de la sede de las siguientes JIA. Lo que ocurrió en Burgos fue una cacicada. Y no porque se eligiera Tarragona en vez de Madrid (y yo he de decir que prefería Madrid por el hecho de que conozco a las personas que presentaban la propuesta, pero confío plenamente en los compas de Tarragona aunque no les conozca y les apoyo 100% en lo que haga falta. De eso no se trata este tema), sino porque no se pueden re-inventar las reglas a mitad de juego. Hasta las JIA de Santander, la sede de las siguientes jornadas la escogía el Comité Científico en exclusiva, lo cual es también un error de bulto del que yo mismo he participado y que había que corregir. Lo más sensato, y menos paternalista en mi opinión, es que sea la Asamblea (es decir, las inscritas en las JIA de ese año, cosa bien fácil de comprobar simplemente llevando la acreditación y teniendo listas de inscritas impresas por allí) quién la escoja después de presentarse las propuestas y que, ahora sí, el Comité Científico haga sus aportaciones y consideraciones, que para eso existe, pero no de forma vinculante y mucho menos autoritaria.
  8. El tema de las lenguas… Realmente da hasta pereza este debate, sinceramente. No entraré en temas evidentes de lo colonial que es imponer una u otra lengua y simplemente diré que es elección de la persona comunicante en qué medio quiere expresarse. Si lo hace en zulú, pues que lo haga en zulú; es problema suyo saber a qué público quiere dirigirse y quién recibe o no su mensaje y las identidades que esté reforzando y negando. Pero esto es elección única y exclusivamente de la persona que comunica algo.

Fiesta final de las JIA 2020 en Pietermaritzburg, kwazulu-Natal (Sudáfrica). Fuente: es.forvo.com

Y ya es bastante chapa. Solo una cosa más. Alguna persona me ha dicho que, bueno, que las JIA también pueden modificarse, que pueden cambiar y que no siempre tienen que ser lo mismo. Hasta cierto punto es cierto. Pero hay una línea a partir de la cual lo que se organice ya no serán unas JIA. Podremos llamarlo «Otras Jornadas de Jóvenes en Investigación Arqueológica», «Patata» o «Risto Mejide’s Congress». Pero no JIA. Ese título, que ya se ha convertido en un chuche muy goloso porque atrae a mucha gente y da bastante caché a quién lo organiza, es exclusivo para un cierto formato de congreso.

Dispuesto a leer todas las críticas y aportes que sean necesarios, que el debate, si bueno, dos veces debate (o yo que sé).

Carlos Tejerizo (Teje)

Un comentario en “Opiniones (calmadas) sobre las JIA. Congresos, cacicadas y cencia crítica

  1. Pingback: As Línguas e as JIA. Primeiras impressões | Grupo Arqueología Social

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s