Wumingada del mes. Parte III: Manual de supervivencia en manada o cómo un hendedor me arruinó la vida

Fuente: Grigor PDX.

Fuente: Grigor PDX.

Ya sabéis, perracas. Haced click aquí y contad vuestro infierno personal en las excavaciones. Os dejamos con la tercera y última parte de nuestras miserias personales. En este caso, es Magnífico Rector la que nos regala este trocito de excremento íntimo.


MANUAL DE SUPERVIVENCIA EN MANADA O CÓMO UN HENDEDOR ME JODIÓ LA VIDA

Grupo en campaña atacando sin piedad al pringao del grupo. Fuente: elpincelconlienzo.

Grupo en campaña atacando sin piedad al pringao del grupo. Fuente: elpincelconlienzo.

Ya se sabe lo que pasa en las campañas arqueológicas. No voy a contar nada nuevo, ni a descubrir la pólvora. Hay cazadores y cazados. Depredadores y depredados. Apareamientos. Disputas por aparearse. Como la vida misma. Como en la naturaleza. Como en la naturaleza más salvaje y despiadada. Como en la jungla. Ya se sabe lo que pasa en las campañas arqueológicas, y más cuando son en verano.

Hay campañas y yacimientos de muchos tipos y colores. Cada una de su padre y de su madre. Eso sí, en todas se bebe y en todas se tienen intenciones de apareo. Más o menos acusadas, pero se tienen. Yo diría que esos son los universales culturales de la arqueología de campo (y, en menor medida, también de laboratorio).

En este orden de cosas, me atrevo a decir que hay dos especies fundamentales para explicar la vida de lxs arqueólogxs en plena campaña: Canis lupus y Pan paniscus. Por un lado, un grupo de arqueólgxs funciona como una manada de lobos: trabajan codo a codo, pero en toda jauría hay liderazgos más o menos duraderos, y cuando alguno sufre una herida y sangra ahí que van todos a dar por culo y morderle la oreja al eslabón débil. En este sentido, es fundamental la figura del pringao o pringá, chivo expiatorio que libera al resto del colectivo del pecado. En estas situaciones la veteranía es una ventaja y, aunque reconozco haber tenido la oportunidad de hacer de verdugo desde muy joven, algunas veces la lucha de clases da la vuelta a la tarta y tu estatus puede verse en peligro. Una mala jugada o una cópula desafortunada pueden ser cuestiones trascendentes para tu posición en la jauría arqueológica, que tiende a fascistizarse a mediados de campaña para volver a relajar las fronteras sociales conforme se acerca el cierre de la excavación. Lo de los bonobos… ya os lo imagináis. O, si no, que se lo pregunten a más una que yo me sé.

Una de mis aficiones favoritas siempre fue la de ridiculizar a quien excavaba y se comía la mitad de los ítems, que iban a parar a la criba. Por entonces, o controlaba la criba o tenía un par de esbirros en ella que me daban el chivatazo; se cantaba el cuadro o el nombre de la persona afortunada (que, adivina, solía ser… el pringao), se exhibía la piedra o el hueso de turno que a ésta se le había pasado y el resto de la jauría contribuía al escarmiento público con mordiscos, abucheos o insultos varios. El director de la excavación miraba impávido, sonreía y contribuía con alguna burla o bien se metía de lleno en el ajo. Aquí es cuando la broma se iba de las manos; es él quien pasa a dirigir el escarnio, que se vuelve mucho más severo. Los veteranos atacan sin piedad en estos casos y la muchedumbre calla y asiente. Viví y participé de estas acciones en varias excavaciones y con varios grupos, y numerosos pringaos perecieron ante los abucheos y las falsas broncas del director. Pero la arqueología es imprevisible y cruel.

Manada de arqueólogxs de prospección a mediados de campaña. Fuente: curiosidades batanga.

Manada de arqueólogxs de prospección a mediados de campaña. Fuente: curiosidades batanga.

Era una mañana lluviosa de verano. Excavábamos en una capa casi estéril. O eso creíamos. Había mandado varios cubos a criba en la misma mañana y me creía el dueño del sector. Pero había algo que fallaba, o eso me pareció detectar cuando olfateé el ambiente y noté un descenso de hormonas en el aire, algo que, según indican fuentes grecolatinas, sólo puede ser un mal augurio. Me rasqué detrás de la oreja con la pata trasera, fingiendo que no pasaba nada, y seguí rascando en el suelo. Cuando elevé el hocico por segunda vez, ya era demasiado tarde. Oí al director gritar como un poseso preguntando de quién era el cuadro M-16. Las orejas adoptaron una forma puntiaguda y los pelos del lomo se elevaron como lanzas en la festividad del Torneo del Toro de la Vega. Con el rabo entre las piernas (aunque siempre lo había tenido allí desde que nací, independientemente de su elevación y el ángulo con el resto del cuerpo, que sí había sufrido variaciones incluso en el mismo día) gruñí un tímido yo dirigiendo la vista hacia arriba del boquete. Rodeado por una luz cegadora, una silueta más bien desmejorada fue tomando forma lentamente. Alzaba a media altura el brazo sujetando algo. Algo no demasiado pequeño. Algo, incluso, mediano más bien tirando a grande. Mis peores pesadillas se hacían realidad.

Un hendedor. Un puto hendedor con unas extracciones muy finas cubiertas de barro. En un nivel que era flojo tirando a estéril arqueológicamente hablando. Y me lo había comido yo, ¡yo! El director de la excavación dibujó una sonrisa torcida, consciente de la batalla que se había generado en mi interior. Aullé penosamente, pero el resto de la jauría andaba, por suerte, medio aletargada esa mañana. Algún lobo de la criba bufó enseñando los dientes con cierta timidez, consciente de que ellos habían estado a punto de tirarlo.

Pero la lluvia no cesó en ningún momento, todo lo contrario; apretó el chaparrón, como consciente de la metedura de pata. Una hembra un par de cuadros a mi derecha, en celo, olisqueó con desdén el lomo de otro de los cánidos que, aunque no desprendía demasiadas hormonas, ladró en voz baja. Se dispersó el instinto asesino de la jauría y, con un par de aullidos, todo el mundo volvió al trabajo. Y en la criba siguieron cribando, el pringao siguió pringando, el veterano diciendo veteranadas y el hendedor siguió en la mano del director durante el resto de la mañana, como un recordatorio silencioso de que el equilibrio en la manada es frágil de narices.

Magnífico Rector

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3 comentarios en “Wumingada del mes. Parte III: Manual de supervivencia en manada o cómo un hendedor me arruinó la vida

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