Emily Warren Roebling: La mujer (burguesa) detrás del puente (de Brooklyn)

La prota del post vestida para la ocasión. Fuente: National Trust for Historic Preservation

Siempre que he oído la frase “detrás de un gran hombre hay una gran mujer” se me ponen los pelillos de la sobaca mora como la mano amputada del capitán Garfio. Hay que recordar que la frase original, del genial humorista Groucho Marx (el primo lejano de Carlitos), decía que “detrás de un gran hombre hay una gran mujer. Detrás de ella está su esposa”, posiblemente refiriéndose a la figura de las madres (o haciendo un chiste sobre la promiscuidad masculina, quién sabe). Anyways, cuando oía o leía la frase de marras me enfadaba bastante porque, como feminista, entendía que las mujeres siempre tenían que conformarse con el papel de ser grandes mujeres si y solo si había un gran hombre delante, lo cual es evidentemente mentira. Pero estaba confundida. Lo realmente jodido de la frase no es que sea mentira, sino que muestra una verdad dolorosamente cierta; que las grandes mujeres (que han sido muchísimas) solamente han sido reconocidas como tales cuando los hombres y la sociedad patriarcal les permitían serlo. Este es el caso de Emily Warren Roebling.

El puente de Brooklyn. Enhiesto él. Foto cortesía de Max

En la historia de la imposición progresiva de eso que llamamos Modernidad, la segunda mitad del siglo XIX fue un momento crucial. Si estudiasteis Historia (espero que no porque ahora mismo estaréis leyendo esto durante el cigarro fuera de la barra del bar donde maltrabajáis), es lo que se conoce como Segunda Revolución Industrial. Este fue el momento en el a los occidentales  se nos subieron las anfetas más de la cuenta y nos vinimos arriba moral y físicamente. Que si nos vinimos arriba como “raza” y decidimos que las demás “razas” debían ser colonizadas; que si nos vinimos arriba como centíficos y decidimos que la cencia resolvería toooooooodos los problemas; que si nos vinimos arriba como ñapas y nos pusimos a construir cosas jodidamente grandes y locuelas. Grandes tiempos para ser hombre blanco, occidental y rico. No hay duda. Y uno de los edificios que simbolizan perfectamente este proceso (entre otros muchos, no nos pongamos aquí Eduardopunseteros) fue el puente de Brooklyn, icono (también cinematográfico) de la ciudad de Nueva York.

La historia del puente de Brooklyn es bastante macabro-absurder. Digna de un post del GAS. El proyecto original lo diseñó un tipo que se llamaba John Augustus Roebling, que ya había hecho algunos puentes colgantes a escala reducida en Delaware o Cincinnati (en… Ohio… jejejjee… ojayo). Decimos “se llamaba” porque el tipo murió. Y murió nominándose a los Premios Darwin edición 1869, de tétanos después de que un ferry chocara contra el muelle donde estaba Juan Augusto (a saber haciendo qué. Joder, es un puto ferry. Eso lo ves venir) y le pillara el pie. Un Roebling menos.

John Augustus Roebling. Arquitecto, fermoso y bizcoché. Fuente: wikipedia.

Los Roebling no se dieron por vencidos. Su hijo, Washington Augustus Roebling (baidagüei. Es curiosa la idea de llamar a los chavales usamericanos con nombres de Estados, es como si a un pobre crío le llamas “Murcia Pérez”. Trauma de por vida gratis), recuperó el proyecto de su padre e inició la construcción del puentecito en 1870. Pero el destino no quería que los Roebling lo tuvieran fácil. Al parecer a Washington Roebling le molaba ir físicamente a las obras a tomarse el bocata con los currelas mientras bajaban a los pozos de cimentación a cerca de 40 metros por debajo del río. Se debió de tomar muchos bocatas ahí abajo porque finalmente contrajo lo que luego se llamaría el síndrome de descompresión (cuyo primer enfermo famoso fue nuestro amigo Washington). No murió hasta 1926, pero no pudo volver a ponerse en pie y mucho menos salir a jugar con sus amigos de la obra. Otro Roebling menos. Y ya van dos.

Construcción del puente de Brooklyn (1878). Fuente: Historias de Nueva York

Así que tuvo que venir alguien con cerebro de verdad. Mientras Washington miraba las obras a lo ventana indiscreta, su esposa Emily Warren Roebling tomó las riendas del cotarro y fue quién finalmente acabaría la obra iniciada por los anteriores Roeblings. Al principio solo hizo de paloma mensajera entre Washington y los currelas, pero finalmente acabó siendo ella la que diseñaría toda la parte final del puente. Emily, ovarios en mano, se convirtió en la primera ingeniera jefe de la Modernidad, lidiando con montón de gente que no entendía que una mujer les estuviera dando órdenes. Cuando se inauguró, Emily fue la primera en cruzar el puente en carruaje. Porque ella lo valió.

Placa conmemorando la inauguración del Puente de Brooklyn. Foto cortesía de Max

Actualmente existen tres placas conmemorativas en el puente. Una es de la reconstrucción del puente, y que no nos interesa aquí. Otra está dedicada por la administración a los ingenieros “oficiales” del puente, los macho-Roebling. La última es la que los trabajadores del puente quisieron dedicar a Emily. La comparativa salta a la vista. La primera, administración oficial. La segunda, los currelas. La primera a los que pensaron el puente. La segunda, a quién estuvo al pie del cañón. La primera, a los hombres. La segunda, a la mujer. Justicia en la memoria, pero un poco por la puerta de atrás, ¿no?

Placa conmemorativa a Emily Warren Roebling. Foto cortesía de Max

Y es que tampoco hay que olvidar que, al menos, Emily Warren tiene una placa en conmemoración a su labor en la construcción del puente de Brooklyn. Pero quién no la tiene son los currelas que pusieron los tensores y las piedras. Se calcula que fueron 27 los curritos que murieron por el mismo síndrome de descompresión que tuvo más de 30 años a Washington Roebling en la piltra. Y tampoco se puede ver ninguna placa a todas las mujeres que hicieron posible que los obreros pudieran ir a las obras cada día. Justicia burguesa.

Judíos antifascistas dejando su marca contemporánea en el puente de Brooklyn. No tiene mucho que ver con el post, pero me pareció digna de exhibición. Foto cortesía de Max

Anexo bizarro. Cuando inauguraron el puente, la gente no quería pasar porque les acojonaba la perspectiva de que se viniera abajo. Total, era la primera vez que veían un puente colgante de esas dimensiones y a ver quién era la guapa que lo cruzaba primero (bueno, fue Emily, que ya lo hemos dicho). Así que para que la gente perdiera el miedo, las autoridades aprovecharon la visita de un circo para hacerles llegar a Nueva York pasando por el puente. Elefantes incluídos. Si puede pasar un elefante, ¿por qué no un usamericano medio que pesa más o menos lo mismo?

Max

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