La (in)visible precarización de la arqueología

Arqueoman, un nuevo superhéroe generado por el sistema financiero y la dictadura del capital. Cortesía de Mrs. Margaret.

Arqueoman, un nuevo superhéroe generado por el sistema financiero y la dictadura del capital… y manipulado en secreto por la cúpula del GAS. Cortesía de Mrs. Margaret.

Hacía ya un tiempo que no escribía nada… La ajetreada vida de las excavaciones arquehólicas deja poco espacio para las diatribas dialécticas y tonterías varias que a una le da por poner por escrito. Espero que no vuelva a ocurrir. Aunque ya podríais echarme una mano vomitando vuestras reflexiones en el blog. Wu Ming nos vigila y no le gusta que nos quedemos dormidas, por muy verano que sea.

El pasado 23 de julio El Correo (uno de los elementos de identidad vascuence más destacados junto con Vaya Semanita) publicaba una noticia con una curiosidad añadida. Es verano, amigas, y las becarias de los mass media están on fire, en alerta felina para llenar páginas con noticias “de salir al paso” (ni mucho menos quiero meterme con estas becarias, sí del trabajo de mierda que tienen que hacer) y las noticias de cultura vienen como anillo al dedo, como mechero al porro, como gazpacho a cualquier hora del día. En este caso la noticia se titula “Tertanga recupera el molino Ubiros”. El titular no deja mucho espacio al misterio. M. Peciña, autor o autora del texto, hace una somera descripción de una escena bastante típica en arqueología de verano y que se resume en el siguiente axioma: político X visita yacimiento Y donde reafirma el amor y compromiso de la administración Z por la cultura. En este caso la ecuación se resuelve así: político X = consejera de Educación del Gobierno Vasco, Cristina Uriarte; yacimiento Y = rehabilitación del molino Ubiros, un molino harinero construido en el siglo XIX en el cauce del Nervión en la localidad alavesa de Amurrio (aquí podéis ver un vídeo de los trabajos); administración Z = Gobierno del País Vasco. La cultura es una variable independientemente dependiente: a todas nos gusta, pero depende de cuánto dinero sobre para invertir en ella (en este caso los y las “voluntarias” tenían que pagar 110 leuros para participar… otro día ya haremos una somera crítica apenas destructiva sobre este tema).

La noticia no tiene mucha más chicha salvo por el segundo párrafo, que transcribo literalmente:

“Los participantes trabajaron ayer precisamente en la reposición de esos muros y dio la casualidad que fue durante la visita de la consejera que uno de ellos sufrió un accidente cuando cayó sobre su mano una de las piedras que manipulaba otro compañero y tuvo que ser trasladado en ambulancia a un centro sanitario”.

El molino Ubiros y los y las voluntarias encargadas de su rehabilitación. Fuente: noticiasdealava.com

El molino Ubiros y los y las voluntarias encargadas de su rehabilitación. Fuente: noticiasdealava.com

Habría que haber visto la escena de la consejera hipersupermegapreocupada por el chaval en cuestión, prestándole incluso su coche oficial para llevarle al hospital y cogiéndole su moribunda mano (sana, se entiende) en la cama de sábanas acartonadas del centro médico. ¿Bromas? aparte, lo que me ha llamado la atención es que este tipo de accidentes, tremendamente comunes en las excavaciones de verano donde nos convertimos en superarqueólogas (razón aquí), están muy invisibilizadas a la opinión pública, donde prima la arqueología de la aventura y el romanticismo. Si este accidente ha quedado por escrito es porque la consejera pasaba por allí y al o la periodista le pareció curioso reseñarlo. Si no hubiera existido esa figura de demiurga pasando por el yacimiento ese día y a esa hora, ni se sabría nada del accidente y, llamadme loco, es probable que no hubiera habido ni ambulancia. No es la primera vez que he visto accidentes de este tipo que se resuelven con un “no ha sido nada”. Una vez vi en directo como un compañero se caía ladera abajo, de una torre mierdeval que estaba excavando sin casco, arnés, ni leches en vinagre y gracias a un árbol que paró el impacto solo se rompió dos costillas. Se pasó todo el día diciendo que no pasaba nada hasta que cuando alguien le vio escupir sangre se decidió que era el momento de quitarle la cerveza de la mano. ¿Inconscientes? ¿imbéciles? ¡No! ¡Superarqueólogos!

El día a día de la superarqueóloga, acostumbrada a jugarse la vida setecientas veces al día en un ambiente precarizado a más no poder. Cortesía de Mrs. Margaret.

El día a día de la superarqueóloga, acostumbrada a jugarse la vida setecientas veces al día en un ambiente precarizado a más no poder. Cortesía de Mrs. Margaret.

No voy a engañar a nadie. Yo también he aceptado mi papel de superarqueóloga, sometiendo mi cuerpo a condiciones laborales denigrantes y, lo que es peor, arrastrando en ocasiones conmigo a compañeros y compañeras. A veces no queda más alternativa (¿justificación? ¿verdad como un templo?) pero la mayoría de las veces sí. Pero hay que ser conscientes, y yo poco a poco voy siendo más consciente de ello, que si seguimos con esa actitud lo único que conseguimos no solo es continuar con la precarización de la arqueología, sino que, aún peor, contribuimos a su invisibilización. Que no haga falta que venga una consejera para que se visualicen accidentes fácilmente evitables.

Max

Post-scriptum: del chaval no sabemos nada más. Lo más probable es que le amputaran la mano y se la diesen de comer a la consejera.

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2 comentarios en “La (in)visible precarización de la arqueología

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