Guerra y paz, hoy: cómo (nos re)creamos

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Turistas en Auschwitz, 2008 (imagen de Roger Cremers) (fuente: rogercremers)

En 2012 la Unión Europea recibió el Premio Nobel de la Paz. Este premio, que (entre otras cosas) valora el hecho de que llevemos más de 70 años sin matarnos muy a saco, parece subrayar una noción de “post-conflicto“. Sobre la Segunda Guerra Mundial, por ejemplo, el recuerdo se difumina, quienes lo vivieron van desapareciendo y la materialidad empieza a ser la única fuente de aproximación a una serie de conflictos que han ayudado a definir lo mejor y (sobre todo) lo peor de la contemporaneidad. Una vez “anulado” el trauma, ¿cómo gestionamos la materialidad del conflicto? ¿Lo hemos superado realmente? ¿Qué recuperamos para ello? ¿Qué creamos? ¿(En) qué (nos) recreamos? Hoy, Auschwitz, turismo, patrimonios disonantes y otras (re)creaciones.

Tratamos estos temas por dos motivos. Por un lado, Brandine Von Mierder ha traído para el GAS la interesantísima obra del fotógrafo holandés Roger Cremers de la mano de su última exposición, World War Two Today, inaugurada el 22 de abril en el Museo de la Resistencia Holandesa. Desde 2008, Cremers fotografía a turistas en Auschwitz, recreaciones de batallas de la Segunda Guerra Mundial o las labores de exhumación (metodológicamente dudosas) de soldados en (la antigua) Stalingrado.

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Exhumación de combatientes soviéticos en el frente de Stalingrado, 2013 (Roger Cremers)

Sus fotografías tratan de señalar aquello que nos queda del legado de un conflicto como la Segunda Guerra Mundial en la Europa actual. La ironía como medio para la denuncia de la banalización turística es especialmente notoria en su serie de imágenes sobre el comportamiento de los turistas en Auschwitz. Aquí podemos ver la fiebre por la fotografía y el selfie instagrammer, las sonrisas por el goce de la visita, camisetas coloridas de la tienda souvernirs… Por poner otro ejemplo, cuando Auschwitz está recibiendo demasiados visitantes, algunos autobuses son desviados a Birkenau, el campo hermano. De esta forma, los turistas recrean ese trajín de trenes y “ganado humano” de los años 40. Qué paralelismo más bonico, ¿verdad? Anteriormente, con motivo de un debate del GAS sobre el turismo y el bien común histórico, ya hablamos de una joven que se hacía un sonriente selfie en el campo de concentración. Pero, además de eso, Roger Cremers nos muestra, por ejemplo, cómo una guía turística puede convertirse en toda una guardiana del orden y del… ¿ocio cultural?

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Guía de una visita a Auschwitz, 2008 (Roger Cremers)

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Eben-Emael, Bélgica, 2010 (Roger Cremers)

Además de eso, en los últimos años las recreaciones históricas están en alza. La labor pedagógica y de difusión del conocimiento histórico, el rollito de la “historia viviente” (Living History), un poco de orgullo freak por acá, ciertas dosis de militarismo de andar por casa, un poco de ansia de grandeza por allá y pasión por (una visión de) la materialidad del conflicto conviven en un ambiente de fiesta, conmemoración y pólvora. Según el propio Roger Cremers, la cada vez mayor lejanía del trauma de la guerra favorece la oportunidad de teatralización y “aligeramiento” de la memoria bélica.

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Genk, Bélgica, 2010 (Roger Cremers)

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Genk, Bélgica, 2010 (Roger Cremers)

Una recreación bélica puede ser una gran oportunidad para acercar unos hechos históricos al público, pero al mismo tiempo, es el escenario ideal para la banalización, la mercantilización y la reproducción de roles verdaderamente lamentables. Hay asociaciones que reproducen el funcionamiento de los cuerpos militares a los que dan vida, hasta en el más mínimo detalle: desde la disciplina castrense y la formación en el manejo de armas (inutilizadas, en su mayoría), hasta la jerga militar, pasando por -y esto tiene tela- el ensalzamiento de una masculinidad materializada en “furia guerrera”, “con-el-uniforme-estoy-mejor” o “aquí-mi-fusil-aquí-mi-pistola”. No es algo que ocurra en todos los grupos de recreación, pero negarlo sería ponerse una venda ante los ojos.

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Imagen de archivo GAS: recreación de la batalla de Intxorta, 2015 (fuente: Soyuz Gorri)

Por otra parte, hablamos de estos temas porque el pasado domingo, 24 de abril, se celebró la recreación de la batalla de Intxorta en Elgeta (Gipuzkoa). Tras la dramatización popular del hecho bélico, se celebró un merecido homenaje a las mujeres resistentes y represaliadas en la Guerra Civil y el Franquismo.

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Campo de batalla de Intxorta, con los restos de los petardos para la recreación en primer plano, 2016 (fuente: Soyuz Gorri)

En Elgeta se recrea una batalla que tuvo lugar en abril de 1937 y en la que las fuerzas republicanas resultaron victoriosas. Por desgracia, fue una victoria efímera, ya que a los pocos días el frente se derrumbó por el empuje franquista y la villa gipuzkoana sufrió varias horas de saqueos, violaciones y destrucción. Desde hace unos años, una recreación popular inicia una jornada en la que se mezclan el conocimiento histórico, el homenaje político y el ambiente festivo. En ocasiones, una no puede evitar preguntarse si no se cae en cierta banalización, sobre todo cuando tras la dramatización, personajes de bandos contrarios sonríen y se abrazan, invisibilizando en cierto modo el carácter abiertamente político y de oposición frontal que tuvo el conflicto del 36. Sin embargo, esto es algo que ocurre en muchísimas recreaciones de batallas. A veces, la frontera entre el conflicto, la didáctica histórica y el juego “a lo Call of Duty” parece muy difusa.

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Beers, Holanda, 2010 (Roger Cremers)

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Genk, Bélgica, 2010 (Roger Cremers)

En los años 60, el marxista-letrista-situacionista-amigo-de-sus-amigos Guy Debord nos prevenía acerca de la “sociedad del espectáculo”, en este capitalismo avanzado, en el que la mercantilización de la realidad está a la orden del día. Cuando vemos la magnitud de la “industria de la recreación”, materializada, por ejemplo, en la compra-venta de objetos para la ambientación, vemos un pasado-disponible-en-eBay en el que, encima, se suele mercadear con objetos expoliados y el coleccionismo es “la manera” de acercarse a la cultura material de un conflicto.

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Venta de un expolio (fuente: Soyuz Gorri)

En esto la Arqueología tendría mucho que decir. Pero, además de esto, Guy Debord proclamaba en 1967:

Todo lo que una vez fue vivido directamente se ha convertido en una mera representación.

El conflicto ya no existe. O si existe, es banalizado, vaciado e invisibilizado. En el orden de la paz, el conflicto se convierte en una representación más o menos efectiva en cuanto a crítica y público. Y, ¿por qué ocurre esto? En parte, se trata del riesgo que se corre cuando se trabaja con eso que Laurajane Smith llama “patrimonios disonantes” o esos elementos del bien común que encierran un pasado traumático, complejo y no precisamente guay. En el caso de este tipo de bien común histórico, o bien se evita su estudio y socialización -pensemos en la oposición del PP frente a las exhumaciones de la Guerra Civil en la España actual-, o bien se edulcora y “narcotiza” -como diría el colaborador del GAS, Biosbardo– de tal forma que el “ocio” queda asegurado pero sacrificando toda pedagogía sobre la dialéctica del conflicto. El pensamiento único se vende como producto agradable, cómodo y bien empaquetado: ahí tiene usted su campo de concentración para expiar sus culpas y pasar una soleada tarde de agosto mientras se come un heladito, para que luego comente en su cena de amigotes que la visita le “ha cambiado la vida”.

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Policías vascos fotografían a los malos (tropas moras y tercios carlistas) de la batalla de Intxorta, 2015 (fuente: Soyuz Gorri).

De todas formas, debemos correr esos riesgos. La opción de negar el estudio y la socialización es el peor camino porque directamente rechaza la capacidad de aprendizaje y madurez de una sociedad que debe empoderarse. Al igual que en Elgeta, se hace más que necesaria una labor de socialización del discurso histórico, de puesta en valor de la materialidad del conflicto, de conmemoración de los hechos trágicos y de homenaje a las víctimas de vulneraciones de derechos. El ambiente festivo y la teatralización pueden ser buenos compañeros de viaje en la construcción de conocimiento colectivo, pero esto entraña peligros. Señalémoslos y hagamos una reflexión crítica sobre ellos.

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Conjunto de txistularis en la plaza de Elgeta, 2015 (fuente: Soyuz Gorri)

Por lo demás, desde el GAS os invitamos a “no recrearos”, pero sí a hacer ese gran ejercicio de “ponerse en la piel del Otro -ejercicio, que por cierto, algunos grupos de recreación llevan a cabo de forma muy efectiva. En cualquier caso, contextualicemos y aprendamos. ¿Qué opináis acerca de la patrimonialización de espacios de represión, guerra u otras formas de violencia? ¿Qué es lo que propondriáis vosotras?  Ya sabéis, nuestros canales están abiertos, en Facebook, vía email (grupoarqueologiasocial@gmail.com), etc.

Soyuz Gorri

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4 comentarios en “Guerra y paz, hoy: cómo (nos re)creamos

  1. Pingback: En nombre del turismo, bochorno y machismo | Grupo Arqueología Social

  2. Pingback: Thompson está cabreado: la arqueología como banalización (Eichmann rules) | Grupo Arqueología Social

    • Precisamente el estudio del pasado debe ayudarnos a que eso que percibimos como “natural”, no lo sea. Las ciencias sociales nos aportan herramientas para un conocimiento crítico, político y construido colectivamente -o así debería ser-, y en ese sentido, la deconstrucción de categorías que consideramos “naturales” nos aporta mucho: nos ponemos en el lugar de otras personas y culturas, en otros contextos diferentes del nuestro, etc. Así que, abogamos por la “desnaturalización”, que básicamente significa en saber explorar el potencial crítico de procesos y eventos.

      Lo que percibimos como consecuencia “natural”, en verdad, no lo es. No tendríamos por qué banalizar el pasado. Lo hacemos porque es rentable, bonito y mucho mejor de cara a su comercialización. Pero este no es el único camino ni el “natural”. De hecho, el GAS, con mejor (y con peor) suerte nace como alternativa a ese tipo de “gestión del pasado”, en el que la mercantilización y el vaciado de significados ayudan a no aprovechar el conocimiento histórico/arqueológico para, por ejemplo, desarrollar cosas como la empatía, la solidaridad o el espíritu crítico.

      Por lo tanto, el hecho de que banalicemos traumas es una “opción” que tomamos y que, ante todo, no tendríamos por qué tomar. Hay otras formas de hacer y en parte así se hace en Elgeta cuando se homenajea a las mujeres represaliadas y resistentes o se organizan otros actos de socialización del conocimiento del conflicto.

      En fin, lamentamos no limitarnos a 140 carácteres, pero el tema tiene tela y da para mucho. En cualquier caso, muchas gracias por tu apunte, Pan Tostao.

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